¿QUÉ ES DISFRUTAR DE LA VIDA?

DISFRUTAR DE LA VIDA

Cuando debatimos cualquier creencia irracional, una de las preguntas que nos tenemos que plantear es: “¿En qué medida eso que considero terrible o insoportable me impide disfrutar de la vida?”

Quizá eso de “disfrutar de la vida” nos parezca algo muy general y poco concreto, por eso para contestar a la pregunta sería conveniente definir qué es disfrutar de la vida, esto no es otra cosa que gozar de manera consciente de todas las pequeñas cosas que nos proporcionan una importante dosis de gratificación. Y también nos resultaría muy útil elaborar una lista en la que detallemos todas esas cosas que nos producen una gran sensación de plenitud.

Hay tres características propias de las cosas que nos hacen sentir un intenso bienestar emocional y que hay que tener en cuenta a la hora de confeccionar la lista:

1-Sencillez: cuanto más sencillas sean mejor.

2-Accesibilidad: que estén al alcance de la mano en casi cualquier momento.

3-Gratuidad: que sean gratis o si cuestan dinero, que sea muy poco.

Siguiendo estos criterios, es preferible incluir en la lista, por ejemplo, pasear por un parque cercano a nuestra casa que viajar a Bali. El paseo es algo sencillo, de fácil acceso y gratis, en cambio, el viaje a Bali no es tan sencillo, no podemos disfrutar de él en cualquier momento y, salvo que alguien nos lo regale, nos costará bastante dinero.

Se trata de afinar nuestros gustos y desgranarlos hasta que nos quedemos con cosas muy sencillitas como contemplar la puesta de sol, dormir una siesta, sentir el aire fresco de la mañana, saborear un café, admirar los colores de la naturaleza, leer un libro, escuchar música, conversar con un amigo, apreciar un cielo estrellado, practicar ejercicio, aprender algo nuevo, tener sexo, etc.

Una vez confeccionada nuestra propia lista, conviene tenerla siempre muy presente y desarrollar el hábito de prestar atención a esas pequeñas cosas y de apreciarlas en profundidad. De esta manera, nos convertiremos en sibaritas de la vida que saben apreciar hasta el más mínimo detalle.

Además, la lista contribuirá a que cada vez que nos sintamos perturbados ante un suceso nos resulte más fácil contestar a la pregunta: “¿Esto me impedirá disfrutar de la vida, es decir, de una puesta de sol, de dormir una siesta, de sentir el aire fresco de la mañana, de saborear un café…?” Así nos daremos cuenta de que hay muy pocas cosas que realmente nos impidan disfrutar de las oportunidades que nos ofrece la vida y, por tanto, que sean verdaderamente terribles o negativas.

Al decirnos a nosotros mismos que algo es terrible, nos volvemos insensibles a todas esas cosas maravillosas porque centramos toda la atención, tiempo y energía en lo horroroso que es eso que nos ocurre. Por tanto, solo el diálogo interno terriblizador será el que nos impedirá disfrutar de la vida, no los hechos en sí mismos.

Las personas emocionalmente más fuertes son aquellas que consideran que apenas existen cosas terribles y que necesitan muy poco para ser felices, además son mucho más sensibles a las pequeñas cosas porque no tienen neuras que les distraigan de las auténticas fuentes de disfrute.

PEDRO Y EL HILO MÁGICO

PEDRO Y EL HILO MAGICOA menudo posponemos el momento de ser felices, ¿por qué? Porque creemos equivocadamente que la felicidad llegará cuando alcancemos todo aquello que ansiamos. Pensamos: “Seré feliz cuando consiga pareja, cuando me case, cuando tenga un hijo, cuando encuentre un trabajo que me guste, cuando gane más dinero, cuando tenga una casa más grande, cuando me recupere de esta enfermedad, cuando me jubile, cuando mi jefe cambie…”.

Así, transcurren los días, los meses y los años, mientras aguardamos el momento en que podamos ser felices y cuando queremos darnos cuenta, la vida llega a su final y no hemos disfrutado de nada.

Yo suelo decir que la felicidad es incondicional, es decir, que no depende de nada de ni nadie, pero en realidad sí hay una condición para ser felices y es tener bien amueblada la cabeza, ser conscientes de que ya tenemos todo para estar bien, porque en definitiva, la felicidad no es otra cosa que valorar el hecho de estar vivos y disfrutar de todo lo que tenemos a nuestro alcance.

No convirtamos nuestra maravillosa existencia en una larga y absurda espera de algo que ya tenemos y aprovechemos para saborear cada instante de vida. Intentemos, además, alcanzar todo aquello que deseamos, pero siempre teniendo muy presente que no lo necesitamos para ser felices.

El cuento de Pedro y el hilo mágico, extraído del libro “El monje que vendió su Ferrari” de Robin S. Sharma, nos ilustra muy claramente todo esto:

Pedro era un niño muy vivaracho. Todos le querían: su familia, sus maestros y sus amigos. Pero tenía una debilidad: era incapaz de vivir el momento. No había aprendido a disfrutar el proceso de la vida. Cuando estaba en el colegio, soñaba con estar jugando fuera. Cuando estaba jugando soñaba con las vacaciones de verano. Pedro estaba todo el día soñando, sin tomarse el tiempo de saborear los momentos especiales de su vida cotidiana.

Una mañana, Pedro estaba caminando por un bosque cercano a su casa. Al rato, decidió sentarse a descansar en un trecho de hierba y al final se quedó dormido. Tras unos minutos de sueño profundo, oyó a alguien gritar su nombre con voz aguda. Al abrir los ojos, se sorprendió de ver una mujer de pie a su lado. Debía de tener unos cien años y sus cabellos blancos como la nieve caían sobre su espalda como una apelmazada manta de lana. En la arrugada mano de la mujer había una pequeña pelota mágica con un agujero en su centro, y del agujero colgaba un largo hilo de oro.

La anciana le dijo: “Pedro, éste es el hilo de tu vida. Si tiras un poco de él, una hora pasará en cuestión de segundos. Y si tiras con todas tus fuerzas, pasarán meses o incluso años en cuestión de días” Pedro estaba muy excitado por este descubrimiento. “¿Podría quedarme la pelota?”, preguntó. La anciana se la entregó.

Al día siguiente en clase, Pedro se sentía inquieto y aburrido. De pronto se acordó de su nuevo juguete. Al tirar un poco del hilo dorado, se encontró en su casa jugando en el jardín.

Consciente del poder del hilo mágico, se canso enseguida de ser un colegial y quiso ser adolescente, pensando en la excitación que esa fase de su vida podría traer consigo. Así tiró una vez más del hilo dorado. De pronto, ya era un adolescente y tenía una bonita amiga llamada Elisa. Pero Pedro no estaba contento. No había aprendido a disfrutar el presente y a explorar las maravillas de cada etapa de su vida. Así que sacó la pelota y volvió a tirar del hilo, y muchos años pasaron en un instante.

Ahora se vio transformado en un hombre adulto. Elisa era su esposa y Pedro estaba rodeado de hijos. Pero Pedro reparó en otra cosa. Su pelo, antes negro como el carbón, había empezado a encanecerse. Y su madre, a la que tanto quería, se había vuelto vieja y frágil. Pero él seguía sin poder vivir el momento. De modo que, una vez más, tiró del hilo mágico y esperó a que se produjeran cambios.

Pedro comprobó que ahora tenía noventa años. Su mata de pelo negro se había vuelto blanca y su bella esposa, vieja también, había muerto unos años atrás. Sus hijos se habían hecho mayores y habían iniciado vidas propias lejos de casa.

Por primera vez en su vida, Pedro comprendió que no había sabido disfrutar de las maravillas de la vida. Nunca había ido a pescar con sus hijos ni paseado con Elisa a la luz de la luna. Nunca había plantado un huerto ni leído aquellos hermosos libros que a su madre le encantaba leer. En cambio, había pasado por la vida a toda prisa, sin pararse a ver todo lo bueno que había en el camino. Pedro se puso muy triste y decidió ir al bosque donde solía pasear de muchacho para aclarar sus ideas y templar su espíritu. Al adentrarse en el bosque, advirtió que los arbolitos de su niñez se habían convertido en robles imponentes.

El bosque mismo era ahora un paraíso natural. Se tumbó en un trecho de hierba y se durmió profundamente. Al cabo de un minuto, oyó una voz que le llamaba. Alzó los ojos y vio que se trataba nada menos que de la anciana que muchos años atrás le había regalado el hilo mágico. “¿Has disfrutado de mi regalo?”, preguntó ella.

Pedro no vaciló en responder: “Al principio fue divertido pero ahora odio esa pelota. La vida me ha pasado sin que me enterase, sin poder disfrutarla. Claro que habría habido momentos tristes y momentos estupendos, pero no he tenido oportunidad de experimentar ninguno de los dos. Me siento vacío por dentro. Me he perdido el don de la vida”.

“Eres un desagradecido, pero igualmente te concederé un último deseo”, dijo la anciana. Pedro pensó unos minutos y luego respondió: “Quisiera volver a ser un niño y vivir otra vez la vida”. Dicho esto se quedó ora vez dormido.

Pedro volvió a oír una voz que le llamaba y abrió los ojos. ¿Quién podría ser ahora?, se preguntó. Cuál no sería su sorpresa cuando vio a su madre de pie a su lado. Tenía un aspecto juvenil, saludable y radiante. Pedro comprendió que la extraña mujer del bosque le había concedido el deseo de volver a su niñez. “Date prisa, Pedro. Duermes demasiado. Tus sueños te harán llegar tarde a la escuela si no te levantas inmediatamente”, le reprendió su madre. Ni que decir tiene que Pedro saltó de la cama al momento y empezó a vivir la vida tal como había esperado.

Conoció muchos momentos buenos, muchas alegrías y triunfos, pero todo empezó cuando tomó la decisión de no sacrificar el presente por el futuro y empezó a vivir el ahora”.

SUGERIR EL CAMBIO

CAMBIOSHace unos días, una amiga me contó que en la agencia de publicidad en la que trabaja, cada año antes de la revisión salarial, todos los miembros de los diferentes departamentos son evaluados por sus jefes correspondientes. Por otro lado, hace cuatro años la dirección general de la empresa implantó la evaluación inversa, que consiste en que cada empleado, de manera anónima, debe evaluar de cero a diez diversos aspectos laborales de su jefe, así como hacer hincapié en aquellos que, a su parecer, son susceptibles de mejora.

En general, la iniciativa fue bien acogida por el personal, ya que, de este modo, todos los empleados sin excepción serían valorados, ya no solo los “curritos” serían sometidos a una valoración, sino que también tendrían que pasar por ese trago los jefes. Y además supondría una excelente oportunidad para que éstos cambiaran algunas cosas con el fin de mejorar la relación laboral.

Mi amiga me contó que su jefe había salido bastante mal parado los cuatro años, de hecho era el peor valorado de todos los directivos. Tanto era así, que cada año la dirección general le exigía que tomara medidas para mejorar su valoración o, de lo contrario, habría consecuencias negativas para él. También me comentó que cuando se acercaba el momento de la valoración anual se le veía preocupado y lo pasaba realmente mal. Él aseguraba querer hacer algo para que sus resultados fueran mejores, sin embargo, año tras año su nota seguía siendo extremadamente baja, por lo que muchos compañeros dudaban de que realmente tuviera intención de mejorar algo.

Por curiosidad, le pregunté a mi amiga cuáles habían sido las sugerencias de cambio que, tanto ella como el resto de sus compañeros, le habían trasladado a su jefe. Me contestó que las propuestas habían sido de todo tipo: convocar más reuniones, no dejar indefinidamente pendientes cosas que prometía hacer, mantener una comunicación más fluida con todos los componentes de su departamento, confiar más en su equipo, no ser tan hiperexigente con él y con los demás, no exagerar la importancia de los errores…

Al saber esto no me sorprendió que este directivo no hubiera realizado los cambios propuestos por su equipo, porque no es difícil, por ejemplo, aumentar el número de reuniones, pero ¿cómo dejar de ser hiperexigente, cómo no terribilizar el hecho de cometer errores, cómo confiar más en su equipo…? Yo no dudo de que el jefe de mi amiga tenga la intención de mejorar esos aspectos, pero es muy probable que no lo haga no porque “pase” (como piensan algunos de sus compañeros), sino simplemente porque no sabe cómo hacerlo.

En mi opinión, la idea que tuvo esta empresa de valorar a sus directivos no es mala pero es incompleta. No debemos suponer que nuestros jefes, nuestros empleados, nuestros hijos, nuestras parejas… han nacido sabiendo hacer las cosas, por muy sencillas que éstas nos parezcan, y que cuando se comportan de manera poco adecuada es siempre por falta de interés o por fastidiarnos, lo más probable es que actúen así por desconocimiento.

Todos y cada uno de nosotros actuamos como mejor sabemos hacerlo, por tanto, si pretendemos conseguir que alguien realice algún tipo de cambio, debemos tener presente que de nada servirán las prop

uestas o sugerencias si no van acompañadas de indicaciones y herramientas útiles para facilitar dicho cambio.

LA MADUREZ INTERIOR

LA MADUREZPodríamos decir que madurar emocionalmente es hallar la fuente interior de bienestar que nos ayuda a vivir de manera más plena y feliz. Pero no confiemos en que el mero paso del tiempo, por sí solo, nos convierta en personas psicológicamente maduras. Envejecimiento y crecimiento personal no tienen por qué ir necesariamente de la mano, es decir, no cabe esperar que una persona joven deje de ser neurótica simplemente porque vaya cumpliendo años. Lo más probable es que continúe siendo igual de neurótica (o incluso más) cuando llegue a la vejez, ya que cada vez se arraigarán más sus neuras.

Es cierto que a medida que nos hacemos mayores, vamos acumulando más conocimientos y experiencias. Sin embargo, los conocimientos no aportan sabiduría, solo cultura, y las experiencias únicamente nos servirán para crecer y fortalecernos si las empleamos como instrumentos para ello. Más que la cantidad de experiencias que vivamos, lo verdaderamente relevante es lo que hagamos con ellas. De nosotros depende ver en cada situación, en cada obstáculo y en cada acontecimiento, un maestro que nos guíe en el camino hacia la madurez.

A continuación detallo algunas características propias de las personas emocionalmente fuertes y maduras:

-Se aceptan incondicionalmente a sí mismas como seres imperfectos, aunque eso no quiere decir que no deseen mejorar en algunos aspectos, pero no lo harán porque lo consideren una necesidad imperiosa ni por lograr desesperadamente la aprobación de los demás.

-Se tratan bien a sí mismas, es decir, no se autodesprecian  ni se autocompadecen ni se culpabilizan.

-Aceptan a los demás incondicionalmente, comprenden que todos fallamos y que no es preciso ser tratados con consideración y respeto todo el tiempo.

-Otorgan a todos los seres humanos exactamente el mismo valor.

-No se enrabietan cuando las cosas no salen como les gustaría. Aceptan el mundo tal cual es y después, desde la serenidad, trabajan para cambiar aquellas cosas que nos les agradan y que están en su mano cambiar.

-Fluyen con la vida porque aceptan que tanto la incertidumbre como la impermanencia forman parte de la existencia.

-Apenas se alteran emocionalmente, solo en contadas ocasiones puede experimentar ansiedad, estrés, depresión, ira, odio, vergüenza, culpa…, pero no suelen perturbarse por sentirse mal.

-Se responsabilizan de su estado emocional y no culpan ni a los demás ni al mundo cuando sienten malestar.

-Les invade una casi permanente alegría de vivir.

-Son capaces de disfrutar con entusiasmo, en libertad y sin miedo de todo lo que les brinda la vida.

-Gozan intensamente y sin dependencia emocional de sus relaciones con los demás.

-No les asusta ni la soledad ni el aburrimiento, de hecho, disfrutan enormemente de los momentos en los que se encuentran solos sin hacer nada, porque apaciguan la mente, descansan el cuerpo y estimulan la creatividad.

-Carecen de necesidades inventadas o exigencias, sin embargo suelen tener muchos deseos, intereses y proyectos.

-Evalúan correctamente todo lo que les sucede, por lo tanto, no exageran negativamente las adversidades que se les presentan y las afrontan de manera constructiva.

-Lejos de castigarse por cometer errores, encuentran en ellos excelentes oportunidades de crecimiento.

-Aprecian y agradecen todo lo que tienen en su vida, y no pierden ni tiempo ni energía en lamentarse por lo que no tienen.

-Se ocupan de las cosas, pero rara vez se preocupan por ellas.

-Su escala de valores está encabezada por el amor a la vida y a los demás.

-Se centran en el momento presente y no se atormentan por lo que ocurrió en el pasado ni se preocupan por lo que sucederá en el futuro.

-Saben que la felicidad está en el aquí y el ahora, no en el futuro cuando consigan lo que desean.

-Se sienten en armonía con la naturaleza, aprecian todo aquello que la integra y son conscientes de que forman parte de ella.

 

 

“LA HABITACIÓN”

LA HABITACION

Hace unos días ví la película “Room” (“La Habitación”) y me pareció que podría ser una estupenda metáfora para entender mejor qué son los apegos. Si alguien no la ha visto y tiene intención de verla, le sugiero que no siga leyendo este post porque no solo cuento el argumento, sino que también destripo el final.

La película narra la historia de una joven raptada hace siete años, que vive recluida en una minúscula habitación sin ventanas junto a su hijo Jack de cinco años, que nació tras ser violada por su secuestrador. Para el niño todo lo que ve en la televisión que hay en el cuarto (otras personas, animales…) es de mentira, lo único real es lo que se encuentra en el interior de esa habitación.

Cuando Jack y su madre son liberados de su cautiverio, el niño añora la habitación porque es el mundo que él conoce, donde se siente seguro y goza del amor de su madre en todo momento. Fuera le espera todo un mundo increíble por explorar del que, pese a la curiosidad que le despierta, no consigue disfrutar. Su único deseo es regresar al lugar donde siempre vivió y en el que era feliz con su madre.

Un apego podría ser como esa habitación cerrada a cal y canto que no deseamos abandonar porque pensamos que solo ahí estaremos bien. Solo seremos capaces de apreciar las maravillas que nos ofrece la vida fuera de esa habitación cuando se produzca el desapego, es decir, cuando nos demos cuenta de que no necesitamos permanecer en ese cuarto para ser felices, ya que en el exterior hay multitud de posibilidades de disfrute.

Al igual que el protagonista de la película, idealizamos ese objeto de apego, para él la habitación, tal y como la describe en alguna ocasión, es mucho más grande de lo que realmente es, esto es comprensible puesto que constituye todo su universo. Cuando estamos apegados a algo o a alguien, lo magnificamos y le otorgamos un valor exagerado porque creemos que eso es lo que nos hará realmente felices.

Cuando tenemos un apego, por ejemplo, la pareja, centramos prácticamente toda nuestra vida en lo que está relacionado con ella y lo que no tiene que ver con la pareja queda relegado a un segundo plano sin apenas importancia. Como consecuencia,  somos incapaces de apreciar el valor que verdaderamente tiene todo lo que la vida nos ofrece. Solamente cuando nos damos cuenta de que no necesitamos tener pareja es cuando todo lo que nos rodea adquiere para nosotros su auténtico valor y somos capaces de disfrutarlo plenamente.

Jack, poco a poco, logra sentirse bien en el mundo que hasta entonces era desconocido para él y apreciar cosas que nunca antes había tenido (el amor de su abuela, momentos con su nuevo amigo, juegos a los que nunca había jugado, la compañía del perro que siempre había querido tener…).

Al final de la película, el niño le pide a su madre regresar a la habitación, pero ya no desea volver para quedarse, sino simplemente para despedirse de ella. Cuando llegan, el pequeño duda de que aquella sea la misma habitación en la que pasó toda su vida, le parece mucho más pequeña. El mundo que ahora está disfrutando es tan enorme que le cuesta creer que aquella diminuta habitación, que apenas reconoce, le pareciera grandiosa unos meses atrás.

Mientras Jack observa por última vez la habitación, algo le llama la atención: la puerta está abierta. Entonces le dice a su madre: “La habitación con la puerta abierta, ya no es la habitación”. Para Jack la habitación cerrada simbolizaba la vida en la que solo existían su madre y él, y a la que estuvo apegado durante algún tiempo. Ahora sabe que no necesita estar encerrado con su madre para ser feliz y, por tanto, es libre para disfrutar de todo cuanto le ofrece la vida.

Cuando nos desprendemos de nuestros apegos surge la libertad, ya que si no nos apegamos a nada, o lo que es lo mismo, no necesitamos nada para ser felices, tendremos la libertad de desear o no determinadas cosas, pero si estamos apegados a algo, seremos esclavos del objeto de nuestro apego.

EL MIEDO A FALLAR EN EL TRABAJO

EL MIEDO A FALLAR

Es frecuente encontrar a personas que persiguen el éxito profesional porque han caído en la trampa de creer que dicho éxito les convertirá en personas más valiosas y felices. Este tipo de personas llevan realmente mal el hecho de cometer un error en el trabajo y, en consecuencia, no lograr el reconocimiento y la aprobación de los demás. Con esta forma de pensar, en su camino hacia el éxito, lo que seguro encontrarán son algunos problemas emocionales como estrés, ansiedad e incluso depresión.

Es bueno aspirar a realizar un buen trabajo, pero empeñarse en alcanzar la perfección a toda costa es una batalla perdida de antemano, puesto que es ir tras un imposible; en algún momento, irremediablemente, todos nos equivocaremos. Por tanto, no hay que terribilizar el hecho de meter la pata, ni cuando lo hace uno mismo ni cuando lo hacen los demás, porque eso no conduce a nada. Es preferible rectificar el error y aprender del él, pero sin mortificarnos porque, en realidad, un error deja de ser algo negativo en el momento en que nos permite aprender y avanzar hacia nuestros objetivos.

No es cierto, como piensan las personas autoexigentes, que cuando se equivocan, los demás los acusen de ser inútiles y pésimos profesionales de los que nunca más se podrán fiar, eso sucedería si en el 100% de las cosas que hiciesen en el ámbito laboral estuviesen mal, cosa que dista mucho de ser verdad. Nadie hace todo bien o todo mal, por tanto, es conveniente fijarse no solo en los errores (propios o ajenos), sino también en aquellas cosas que todos y cada uno de nosotros hacemos bien.

Lejos de lo que, en principio, pueda parecer, pretender ser perfectos, buscar la aprobación de los demás y temer equivocarse no es nada funcional y no nos beneficia en absoluto. Imaginad a un neurocirujano con miedo a cometer un error en la mesa de operaciones, no quiero ni pensar en cómo le temblaría el pulso en cada intervención, esa ansiedad le impediría llevar a cabo sus operaciones con éxito.  Si nos ocupamos más de lo que tenemos entre manos y nos preocupamos menos por los resultados, trabajaremos sin tensión y los resultados, paradójicamente, serán mejores.

Hay un proverbio oriental que dice: “Cuando el arquero dispara gratuitamente, tiene con él toda su habilidad. Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervioso. Cuando dispara para ganar una medalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos. Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide, pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar. Quedan apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para disparar. El deseo del triunfo y el resultado para conseguir el premio se han convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el amor”.

En definitiva, debemos ocuparnos de desempeñar el trabajo con entusiasmo, de la mejor manera posible y tratando de mejorar y aprender cada día, pero no tenemos que preocuparnos porque nuestro trabajo no sea perfecto (nunca lo será), ni porque nuestros jefes o compañeros puedan no tener una buena imagen de nosotros (por muchos méritos que hagamos, su opinión se escapa de nuestro control), ni porque fallemos alguna vez (tarde o temprano lo haremos).

No debemos olvidar que nuestra valía no radica en lo que hacemos, en lo que logramos o en lo que los demás piensan de nosotros, sino que somos valiosos simplemente por nuestra condición de ser humano, con virtudes, con defectos, pero sobre todo, con una gran capacidad de amar.

EL CONFORMISMO

 

CONFORMISMOCuando en terapia cognitiva se menciona el término de aceptación incondicional de nosotros, de los demás y de la vida, a menudo hay quien piensa que aceptar es lo mismo que permanecer impasible, sumiso y de brazos cruzados ante cualquier tipo de circunstancia, es decir, lo que habitualmente se suele entender por conformarse. Sin embargo, la aceptación no implica en absoluto pasividad.

En primer lugar, aclaremos qué significa conformismo, ya que es una palabra que, como muchas otras, está teñida de connotaciones negativas y en ocasiones se interpreta mal. La Real Academia Española (RAE), lo define como lapráctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado”. Vemos que habla de adaptación, pero no de indolencia, indiferencia, desidia, pasividad…, que es lo que nos viene a la cabeza cuando escuchamos o empleamos este término.

Cuando decimos que alguien se acepta a sí mismo, a los demás y también sus condiciones vitales, nos referimos a que es razonablemente feliz, a pesar de que él, los demás y la vida sean imperfectos. Esto no significa que no existan cosas que a esa persona le gustaría que fuesen de otra manera y que, si puede, trate de cambiar, pero no necesita que sean de otro modo para sentirse bien.

El conformismo, o lo que llamaba Anthony De Mello “bastantidad”, consiste en darnos cuenta de que todo, tal cual está en este preciso instante, está bien, que podemos ser felices aquí y ahora, disfrutando de estar vivos y de las cosas maravillosas que nos ofrece la vida, que no precisamos ser de otra manera ni conseguir más posesiones, así como tampoco necesitamos que las circunstancias sean diferentes.

El que es capaz de aceptar y sentirse cómodo tal y como es, con lo que tiene, con lo que hace y en sus circunstancias presentes, aunque éstas no sean las más deseables, conseguirá sentirse bien en cualquier momento y situación, nunca necesitará cambiar nada porque el bienestar no proviene del exterior, sino de la manera en que pensamos y evaluamos lo que nos ocurre.

Aceptando no lograremos que, de manera mágica, nos gusten las cosas que nos desagradan de nosotros mismos, de los demás y del mundo, pero sí nos será de gran utilidad a la hora de intentar cambiarlas (siempre que ese cambio sea factible), ya que nos dará la serenidad necesaria para buscar posibles soluciones, tomar decisiones más acertadas y, en consecuencia, actuar de manera más constructiva. Desde la tranquilidad que nos proporciona la aceptación, se funciona mejor que desde la ira, la ansiedad, el resentimiento, la ofuscación…, que entraña la resignación o no aceptación de las cosas.

Las personas que saben conformarse o, lo que es lo mismo, que tienen “bastantidad”, son aquellas emocionalmente más fuertes porque tienen deseos, motivaciones, intereses, inquietudes y objetivos en la vida, y trabajan con entusiasmo para conseguirlos, pero sin presión ni ansiedad, puesto que no necesitan que se vean realizados para ser felices, porque ya lo son.

En definitiva, el conformismo no es ninguna debilidad, todo lo contrario, supone una gran fortaleza porque nos permite adaptarnos mejor a las distintas situaciones, aceptando lo que no está en nuestra mano modificar y actuando sobre lo que sí podemos cambiar, y nos proporciona una mayor tolerancia a la frustración que nos hará sobrellevar mejor las inevitables incomodidades de la vida.

ATAQUE A LA VERGÜENZA

VERGÜENZA

En las salas de espera de un hospital de mi barrio, han habilitado unas pantallas en las que van a apareciendo unos números que informan a los pacientes de su turno para ser atendidos. En una máquina situada en la recepción del hospital, cada persona citada recoge un papelito en el que figura un número, cuando éste coincide con el de la pantalla, es el momento de entrar a la consulta.

Esta mañana, yo estaba esperando mi turno cuando un señor, de repente y para sorpresa de todos los allí presentes, dijo en voz alta el número que en ese momento se hallaba en el panel: “¡El 215!”. Unos minutos más tarde, el número de la pantalla cambió y él volvió a decir: “¡El 216!”,  entonces casi todos los que estábamos en la sala le miramos y él añadió: “Es que me han contratado para ir diciendo los números”.

Ante esta situación, un tanto absurda, es muy posible que muchos de los que se encontraban en la sala pensaran que ese hombre estaba chiflado, sin embargo, a mí me dio por pensar que tal vez estuviera realizando uno de los famosos ejercicios de ataque a la vergüenza que Albert Ellis ideó en la década de los 60.

La finalidad de estos ejercicios es reforzar la autoaceptación incondicional, es decir, la creencia de que nuestro valor como persona es inalterable y solo condicionado a estar vivo. Si no pensamos así, nos valoraremos positivamente solo si nuestros actos son buenos y si obtenemos el reconocimiento de los demás, y nos menospreciaremos cuando alguno de nuestros comportamientos sea malo o cuando los demás nos desaprueben.

Por lo general, experimentamos vergüenza cuando hacemos algo ridículo y si además somos criticados duramente por hacerlo, sentiremos que no solo el acto en sí es reprobable, sino que creeremos que nosotros, como seres humanos, somos despreciables. Nos odiaremos y nos sentiremos culpables por habernos comportado así, repitiendo en un futuro esa forma de actuar, porque consideraremos que una persona tan ridícula e inadecuada como nosotros será incapaz de comportarse de otra manera.

Este tipo de ejercicios consisten en pensar en algo embarazoso, loco o disparatado, pero que no nos ocasione problemas reales, y hacerlo públicamente. Albert Ellis proponía pasear una banana atada a una correa como si fuera un perro, preguntarle a un desconocido por una calle estando ya en esa calle, decirle a un extraño: “Acabo de salir de psiquiátrico, ¿en qué mes  estamos?”, anunciar a gritos las paradas en el metro, el autobús o el tren…

Al hacer estos ejercicios, las personas que nos rodean nos mirarán por encima del hombro, se alejarán de nuestro lado, pensarán que estamos locos o  se reirán de nosotros. Al principio es inevitable sentirse avergonzado, humillado y culpable, se trata de cambiar esas emociones por incomodidad, remordimiento  o pesar.  Para conseguir eso tendremos que convencernos enérgicamente de que la estima que nos podamos tener no depende de lo nuestros comportamientos ni de que los demás nos acepten o nos rechacen.

Algunos de nuestros actos pueden ser inadecuados o absurdos, pero eso no nos convierte en personas despreciables, nuestra valía radica en el mero hecho de existir, de ser únicos e irrepetibles y, por tanto, es inalterable, siempre valdremos lo mismo, a no ser que nos identifiquemos con nuestras conductas o con lo que piensan otras personas de nosotros, esto último sería como dar a los demás un mando a distancia con el que pueden controlar nuestras emociones, si aprietan el botón del halago nos sentiremos como seres absolutamente geniales y, si por el contrario, pulsan el botón de la crítica nos veremos como auténticas piltrafas humanas.

El valor del señor que anunciaba en voz alta los números en el hospital, no se ha visto en absoluto afectado por llevar a cabo un acto disparatado ni porque los demás puedan pensar que estaba un poco locuelo. Ni él ni nadie es un ser ridículo por eso, para ser una persona ridícula, todos y cada uno de sus actos tendrían que ser vergonzosos y, también debería carecer de la capacidad de comportarse de otra forma.

Es recomendable aceptarnos como individuos falibles, con muchas limitaciones, que a menudo se equivocan, que actúan de manera inadecuada y que no siempre consiguen agradar a todo el mundo, porque de este modo evitaremos sentiremos ansiosos ante la posibilidad de fallar o cuando nuestra imagen corra peligro ni nos autocastigaremos cuando cometamos un error, sino que procuraremos no repetirlo en el futuro. Además, no perderemos el tiempo buscando desesperadamente la aprobación social porque sabremos que somos valiosos solo por existir y no necesitaremos que nadie nos lo confirme.

 

EL EGOÍSMO SEGÚN ANTHONY DE MELLO

EL EGOISMOSeguramente muchos de vosotros sepáis quién es Anthony De Mello (Bombay 1931-Nueva York 1987), para los que no hayáis oído nunca hablar de él, os diré que además de sacerdote jesuita, fue uno de los mejores terapeutas cognitivos de la historia de la psicología.

Hoy me gustaría compartir con vosotros la particular y, a mi juicio, acertada visión que Anthony De Mello tenía sobre el egoísmo, para ello he extraído algunos fragmentos de una conferencia en la que trató este tema.

En su exposición hay algunas ideas muy interesantes, pero yo destacaría sobre todo una: todos intentamos satisfacer nuestro propio interés y, por tanto, buscamos cosas que nos hagan sentir bien, pero no a todos nos producen placer las mismas cosas. Hay quienes encuentran una gran satisfacción haciendo algo bueno por los demás, pero se equivocan si desprecian y tachan de egoístas a los que no actúan de ese mismo modo, o si se consideran superior a ellos. No olvidemos que nadie es más valioso que nadie por muy buenos que sean sus actos. 

Estas son las palabras de Anthony De Mello acerca del egoísmo:

“Hay dos tipos de egoísmo, el primer tipo es el que consiste en darme gusto de darme gusto, eso es lo que generalmente llamamos egoísmo. El segundo tipo es el que consiste en darme el placer de agradar a los demás. Éste sería un tipo más refinado de egoísmo. El primero es muy obvio, pero el segundo está oculto, muy oculto, y por eso es más peligroso, porque llegamos a pensar que realmente somos maravillosos. Pero, al fin y al cabo, tal vez no seamos tan maravillosos.

(…) Ordinariamente todo lo que hacemos es en nuestro propio interés. Todo. Cuando usted hace algo por amor a Cristo, ¿es eso egoísmo? Sí. Cuando hace algo por amor a alguien, lo hace por su propio interés. Tendré que explicarlo: Imagínese que usted vive en Fénix y que alimenta a más de quinientos niños todos los días. ¿Lo hace sentirse bien? ¿Acaso esperaría que lo hiciese sentirse mal? Pero a veces ocurre. Y ello se debe a que algunas personas hacen cosas para no sentirse mal. Y llaman a esto caridad. Actúan por sentimiento de culpa, eso no es amor. Pero a Dios gracias, usted hace las cosas por la gente, y eso le parece agradable. ¡Maravilloso! Usted es un individuo sano porque actúa en su propio interés, eso es sano.

Resumiré lo que estaba diciendo sobre la caridad sin egoísmo: Dije que había dos tipos de egoísmo; tal vez debiera haber dicho tres. El primero es cuando me doy el gusto de darme gusto; el segundo es cuando me doy el gusto de agradar a los demás. Uno no debe enorgullecerse de eso; no debe creerse una gran persona; es una persona muy ordinaria, pero tiene gustos refinados, sus gustos son buenos, no la calidad de su espiritualidad. Cuando era niño, le gustaba la Coca- Cola, ahora es mayor y le gusta la cerveza fría en un día caluroso. Ahora tiene mejor gusto. Cuando era niño le encantaban los chocolates; ahora que es mayor le gusta una sinfonía, le gusta un poema. Tiene mejor gusto. Pero de todas maneras, está obteniendo su propio placer, con la diferencia de que ahora se trata del placer de agradar a los demás. Luego está un tercer tipo, que es el peor, cuando uno hace algo bueno para no sentirse mal. Lo detesta, está haciendo sacrificios por amor, pero se queja. ¡Ah! Que poco se conoce a sí mismo si cree que no hace las cosas de esta manera.

Si me dieran un dólar cada vez que hago cosas que me hacen sentirme mal, sería millonario. Ustedes saben cómo es:

-¿Podría conversar con usted esta noche, padre?

-Sí, ¡por supuesto! No quiero conversar con él y odio hacerlo. Quiero ver ese programa de televisión esta noche, pero ¿cómo le digo que no?  No tengo el valor para decirle que no. “Por supuesto”, y estoy pensando: “¡Dios mío y ahora tengo que aguantármelo!”.

(…) Ése es el peor tipo de caridad, cuando uno hace algo para no sentirse mal. No tiene el valor de decir que no quiere que lo molesten. ¡Quiere que la gente piense que es un buen sacerdote! (…). Si somos nosotros los que lastimamos, los demás pensarán mal de nosotros. No nos apreciarán, Hablarán contra nosotros y eso ¡no nos gusta!

(…) Todo lo que hacemos está tocado de egoísmo. No es fácil oír eso. Pero piensen por un minuto, profundicemos un poco más en eso: Si todo lo que ustedes hacen proviene del egoísmo – ilustrado o no- ¿cómo los hace sentir eso a ustedes con respecto a su caridad y a todas sus obras buenas? ¿Qué les pasa a ellas? He aquí un pequeño ejercicio: Piensen en todas las buenas obras que han hecho o en algunas de ellas (porque sólo les voy a dar unos pocos segundos). Ahora comprendan que realmente surgieron del egoísmo supiéranlo ustedes o no. ¿Qué le pasa a su orgullo? ¿Qué le pasa a su vanidad? ¿Qué le pasa a esos agradables sentimientos suyos, a esa palmadita de felicitación en la espalda cada vez que hizo algo que lo hacía sentir tan caritativo? Todo queda aplastado, ¿no es así? ¿Qué le pasa a ese sentimiento de superioridad frente a su vecino a quien usted consideraba tan egoísta? Todo cambia, ¿no es verdad?”

LA MENTE DEL VIAJERO

LA MENTE DEL VIAJER

Hace unos días estuve viendo algunas fotos de la primera vez que viajé a Roma, de esto hace ya muchos años. Al verlas, recordé con cariño los paseos por sus angostas calles, el barullo de sus abarrotadas plazas, el ruido del agua de sus monumentales fuentes, las interesantes visitas a sus museos, el placer de degustar sus deliciosos helados, las divertidas conversaciones con sus habitantes… Roma es una ciudad llena de encanto que me cautivó desde el primer instante.

Imaginaos que al volver a casa tras mi viaje, me hubiera deprimido por no haberme podido traer a Madrid la Fontana di Trevi, el barrio del Trastévere o el Coliseo, convencida de que sin volver a contemplar esas cosas tan maravillosas nunca lograría ser feliz.

Esto que puede resultar absurdo es justamente lo que hacemos con todo lo que nos gusta mucho en la vida, es decir, transformamos mágicamente algo placentero y gratificante en algo necesario y, en consecuencia, nos llenamos de ansiedad ante la posibilidad de no conseguirlo, pero aunque lo consigamos, el miedo a perderlo nos impedirá disfrutarlo plenamente. Y si al final acabamos perdiendo eso que creemos necesario para nuestra felicidad, nos deprimiremos.

Gozaríamos de una existencia mucho más relajada si caminásemos por la vida igual que un viajero, es decir, disfrutando al máximo de todo lo que tenemos a nuestro alcance en cada momento, pero sabiendo que en algún día se acabará y que cuando eso ocurra no importará demasiado, porque no lo necesitamos para encontrarnos emocionalmente bien.

En definitiva, es fundamental para nuestra salud mental aprender a coger y, sobre todo aprender a soltar, porque no olvidemos que todo es pasajero y, por lo tanto, debemos fluir con el devenir de las cosas, disfrutando de lo que nos ofrece la vida pero sin aferrarnos neuróticamente a nada ni a nadie.