ATAQUE A LA VERGÜENZA

VERGÜENZA

En las salas de espera de un hospital de mi barrio, han habilitado unas pantallas en las que van a apareciendo unos números que informan a los pacientes de su turno para ser atendidos. En una máquina situada en la recepción del hospital, cada persona citada recoge un papelito en el que figura un número, cuando éste coincide con el de la pantalla, es el momento de entrar a la consulta.

Esta mañana, yo estaba esperando mi turno cuando un señor, de repente y para sorpresa de todos los allí presentes, dijo en voz alta el número que en ese momento se hallaba en el panel: “¡El 215!”. Unos minutos más tarde, el número de la pantalla cambió y él volvió a decir: “¡El 216!”,  entonces casi todos los que estábamos en la sala le miramos y él añadió: “Es que me han contratado para ir diciendo los números”.

Ante esta situación, un tanto absurda, es muy posible que muchos de los que se encontraban en la sala pensaran que ese hombre estaba chiflado, sin embargo, a mí me dio por pensar que tal vez estuviera realizando uno de los famosos ejercicios de ataque a la vergüenza que Albert Ellis ideó en la década de los 60.

La finalidad de estos ejercicios es reforzar la autoaceptación incondicional, es decir, la creencia de que nuestro valor como persona es inalterable y solo condicionado a estar vivo. Si no pensamos así, nos valoraremos positivamente solo si nuestros actos son buenos y si obtenemos el reconocimiento de los demás, y nos menospreciaremos cuando alguno de nuestros comportamientos sea malo o cuando los demás nos desaprueben.

Por lo general, experimentamos vergüenza cuando hacemos algo ridículo y si además somos criticados duramente por hacerlo, sentiremos que no solo el acto en sí es reprobable, sino que creeremos que nosotros, como seres humanos, somos despreciables. Nos odiaremos y nos sentiremos culpables por habernos comportado así, repitiendo en un futuro esa forma de actuar, porque consideraremos que una persona tan ridícula e inadecuada como nosotros será incapaz de comportarse de otra manera.

Este tipo de ejercicios consisten en pensar en algo embarazoso, loco o disparatado, pero que no nos ocasione problemas reales, y hacerlo públicamente. Albert Ellis proponía pasear una banana atada a una correa como si fuera un perro, preguntarle a un desconocido por una calle estando ya en esa calle, decirle a un extraño: “Acabo de salir de psiquiátrico, ¿en qué mes  estamos?”, anunciar a gritos las paradas en el metro, el autobús o el tren…

Al hacer estos ejercicios, las personas que nos rodean nos mirarán por encima del hombro, se alejarán de nuestro lado, pensarán que estamos locos o  se reirán de nosotros. Al principio es inevitable sentirse avergonzado, humillado y culpable, se trata de cambiar esas emociones por incomodidad, remordimiento  o pesar.  Para conseguir eso tendremos que convencernos enérgicamente de que la estima que nos podamos tener no depende de lo nuestros comportamientos ni de que los demás nos acepten o nos rechacen.

Algunos de nuestros actos pueden ser inadecuados o absurdos, pero eso no nos convierte en personas despreciables, nuestra valía radica en el mero hecho de existir, de ser únicos e irrepetibles y, por tanto, es inalterable, siempre valdremos lo mismo, a no ser que nos identifiquemos con nuestras conductas o con lo que piensan otras personas de nosotros, esto último sería como dar a los demás un mando a distancia con el que pueden controlar nuestras emociones, si aprietan el botón del halago nos sentiremos como seres absolutamente geniales y, si por el contrario, pulsan el botón de la crítica nos veremos como auténticas piltrafas humanas.

El valor del señor que anunciaba en voz alta los números en el hospital, no se ha visto en absoluto afectado por llevar a cabo un acto disparatado ni porque los demás puedan pensar que estaba un poco locuelo. Ni él ni nadie es un ser ridículo por eso, para ser una persona ridícula, todos y cada uno de sus actos tendrían que ser vergonzosos y, también debería carecer de la capacidad de comportarse de otra forma.

Es recomendable aceptarnos como individuos falibles, con muchas limitaciones, que a menudo se equivocan, que actúan de manera inadecuada y que no siempre consiguen agradar a todo el mundo, porque de este modo evitaremos sentiremos ansiosos ante la posibilidad de fallar o cuando nuestra imagen corra peligro ni nos autocastigaremos cuando cometamos un error, sino que procuraremos no repetirlo en el futuro. Además, no perderemos el tiempo buscando desesperadamente la aprobación social porque sabremos que somos valiosos solo por existir y no necesitaremos que nadie nos lo confirme.

 

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¡BIENVENIDOS!

Hoy comienzo a escribir este blog con la esperanza de que cada artículo sea una pequeña dosis de racionalidad, tan necesaria en esta sociedad tan irracional en la que vivimos.

Espero que os guste.

Pilar.