LA COMPASIÓN

LA COMPASION“Cuando tu miedo toca el dolor del otro, se convierte en lástima.
Cuando tu amor toca el dolor del otro, se convierte en compasión.” Stephen Levine.

Hace algunos años, en un viaje a la India tuve la oportunidad de visitar un orfanato que la congregación de la Madre Teresa tiene en la ciudad de Agra. Allí conocí cómo es el día a día de los niños que tienen acogidos; fue una experiencia increíble que dentro de pocas semanas tengo intención de repetir, esta vez en Bombay.

Hay gente que cuando me escucha decir que voy a ir de nuevo a visitar un orfanato en la India, me dice: “¡Uf!, qué lástima debe dar ver a esos niños, ¿no?” Y yo siempre respondo que a mí no me despiertan ese sentimiento. No hay que confundir la lástima con la compasión.

Cuando sabemos que alguien está sufriendo, a veces sentimos lástima por esa persona, éste es un sentimiento que, desde la condescendencia, nos hace pensar más en nosotros mismos que en el otro y experimentar cierto alivio por no estar en su lugar. Sentir lástima rara vez nos impulsa a movilizarnos para tratar de eliminar o reducir el sufrimiento ajeno.

En cambio, cuando sentimos compasión, nos ponemos, desde una posición de igualdad, en la piel del que sufre, conectamos con su dolor y le acompañamos en su aflicción. Al solidarizarnos con esa persona, nace en nosotros el deseo de implicarnos para mitigar su sufrimiento. En esos momentos pensamos más en el otro que en nosotros mismos.

El pasado de los niños acogidos en orfanatos indios está marcado por historias de abusos sexuales, malos tratos, duras enfermedades, etc., y aunque en el orfanato no les falta lo básico, no disponen de nuestras comodidades, a esto hay que añadir que muchos de ellos están enfermos o tienen importantes discapacidades.

Sin embargo, cuando estuve con estos niños, no sentí lástima y, en consecuencia, tampoco alivio por no haber tenido la misma vida que ellos, sino que, consciente de su situación, intenté ponerme en su lugar para comprender cómo se sentían y qué podrían esperar de mi visita.

Pensé que si yo fuera cualquiera de esos pequeños y lo estuviera pasando mal, no me gustaría que las personas que vinieran de visita se comportaran conmigo con condescendencia ni que sintieran lástima por mí y mucho menos que me miraran con lágrimas en los ojos. Nada de eso haría que me sintiera mejor.

Yo preferiría que esos turistas vinieran sencillamente a compartir un rato conmigo. Les enseñaría el lugar donde vivo, el patio donde juego cada día, los dibujos que he hecho, les haría preguntas, respondería a las suyas y buscaría algo divertido que hacer juntos. Me gustaría que todos disfrutáramos de la visita y que se llevaran un bonito recuerdo. Eso sí sería enriquecedor para todos.

Es conveniente cultivar la compasión porque es un sentimiento que contribuye a mejorar las relaciones humanas y nos vuelve más sensibles y solidarios.

Con humildad y con la actitud de comprender, acompañar, compartir y aprender es con la que fui a ver a aquellos niños en Agra y la misma con la que viajaré en breve a Bombay.

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