EDUCAR PARA TOLERAR LA FRUSTRACIÓN

TOLERANCIA A LA FRUSTRACION

Hace mucho tiempo presencié en el metro una escena que todavía hoy recuerdo. El vagón iba lleno de gente y hacía un calor asfixiante, yo iba de pie y a mi lado un chaval con síndrome de Down acompañado por un señor, que imagino sería su padre.

El chico repetía una y otra vez que quería sentarse, entonces una señora muy amablemente se levantó y le ofreció su asiento. El supuesto padre, le agradeció el gesto, pero le dijo que no era necesario que se levantará. La mujer insistió y el señor le dijo: “Muchas gracias señora, pero el chico debe aprender que en la vida no siempre tendrá lo que quiere”.

El comentario me sorprendió muchísimo porque no suele ser frecuente que los padres eduquen a sus hijos para tolerar la frustración. Es mucho más habitual que hagan todo lo posible para protegerles de situaciones conflictivas o frustrantes, porque creen que teniéndoles entre algodones y concediéndoles todos los caprichos serán más felices.

Puede que así, a corto plazo, consigan tener contentos a sus hijos, pero a medio y largo plazo les están haciendo un flaco favor, ya que alimentan en ellos una baja tolerancia a la frustración y a la incomodidad que les hará sufrir innecesariamente.

Los niños pequeños tienen baja tolerancia a la frustración, no distinguen entre necesidades fisiológicas básicas y deseos, es decir, que para ellos es tan importante saciar la sed, comer o dormir como conseguir el juguete de otro niño.

Exigen que todos sus deseos sean satisfechos sin demora alguna, creen ser merecedores de todo lo que quieren y no entienden que no siempre se puede conseguir. Además, no son conscientes de que, en la mayoría de las ocasiones, el esfuerzo es fundamental para lograrlo.

La buena noticia es que la tolerancia a la frustración, al igual que un músculo, se puede desarrollar, pero para ello los padres han de establecer algunas pautas con el fin de que el niño se vaya convirtiendo poco a poco en una persona fuerte capaz de enfrentarse a situaciones difíciles y a la incomodidad que éstas conllevan.

Es importante no ceder nunca ante las rabietas de los niños, dejar que se equivoquen y aprendan de sus errores y enseñarles que para lograr las cosas hay que trabajar y perseverar y que, en ocasiones, pese a esforzarse, no conseguirán lo que desean.

También es conveniente que los pequeños aprendan que cuando jueguen con otros niños a veces perderán, que ciertas situaciones les resultarán incómodas, que habrá cosas que no les apetecerá hacer pero que no les quedará más remedio que hacerlas y, sobre todo, que algunas cosas están fuera de su control y que en esos casos solo queda aguantarse.

Sin una adecuada educación, nuestros hijos acabarán siendo adultos inmaduros, débiles y vulnerables que sufrirán ante el más mínimo contratiempo por considerarlo demasiado horrible para soportarlo. Por el contrario, si fomentamos su tolerancia a la frustración, conseguiremos que sean capaces de afrontar los innumerables obstáculos que se presentarán a lo largo de su vida.

Es mucho mejor que el tiempo que malgastamos complaciendo en todo a nuestros hijos e intentando que no tengan que enfrentarse nunca a situaciones difíciles, lo invirtamos en darles una educación que les convierta en personas fuertes y felices.

 

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