“NO COMPARTO TU CAMINO, PERO ME ENCUENTRO CONTIGO…”

NO COMPARTO TU CAMINO PERO ME ENCUENTRO CONTIGOHace poco coincidí con un sacerdote dedicado desde hace décadas a trabajar con los más desfavorecidos. En un momento de la conversación, comentó que él no tenía relación con otras parroquias ni tampoco con otros curas salvo que, al igual que él, estuvieran cerca de los más pobres, ya que si no era así, no le interesaban.

Es comprensible que este sacerdote se relacione con compañeros que compartan su forma de entender el evangelio y con los que pueda colaborar y llevar a cabo proyectos en común. De igual manera que si deseamos mantener conversaciones cultas nos rodearemos de personas inteligentes o si queremos formar una orquesta buscaremos a personas que sepan tocar algún instrumento musical.

Otra cosa bien distinta es que si alguien no posee cualidades que consideramos valiosas para fines concretos lo devaluemos como ser humano. No hay que confundir el escaso interés hacia otras personas para propósitos específicos con la falta de valía por sí mismas.

Cuando valoramos positivamente a una persona, en su totalidad, por determinados rasgos y desvalorizamos por completo a quien carece de ellos, estamos cayendo en el error de la sobregeneralización, es decir, otorgamos o restamos valor a una persona en función de aspectos tan triviales como raza, profesión, nivel económico, posición social, ideología, cultura, capacidad intelectual…

Pensar de este modo hace que nos alejemos de ciertas personas y que otras veces ni siquiera nos aproximemos a ellas simplemente porque no actúan de la misma manera que nosotros, porque no tienen una forma de pensar similar a la nuestra o porque carecen de cualidades o logros que nosotros valoramos, en definitiva, porque no son o no se comportan como, según nosotros, “deberían“.

Las barreras mentales entre nosotros y los demás dificultan que nos interesemos por personas que no se adapten a nuestras exigencias y, como consecuencia, nos relacionaremos solo y exclusivamente con aquellas personas que consideramos dignas de pertenecer a nuestro círculo social. De este modo, nos perderemos la oportunidad de conocer a las personas maravillosas que hay detrás de las absurdas etiquetas.

Por desgracia, en nuestra sociedad, uno de los criterios más utilizados para determinar el valor de las personas es el dinero. Son muchos los que menosprecian a los que viven en la pobreza por la creencia de que no tener dinero hace a las personas menos valiosas. Pero también sucede al contrario, hay quienes rechazan a los que viven holgadamente, porque les consideran personas frívolas, superficiales y egoístas.

Con todo esto no quiero decir que tengamos que hacernos amigos de todo el mundo, porque, aunque quisiéramos, no dispondríamos de tiempo suficiente para mantener demasiadas amistades, significa valorar a todos  por igual y no poner condiciones para relacionarnos con los demás. Justamente ese es el modo en que los niños interactúan entre ellos y que convendría que los adultos imitásemos.

Observar a los más pequeños relacionándose en una guardería o en un parque, nos hace darnos cuenta de que ellos no valoran a sus compañeros de juegos por el color de su piel o por la clase social a la que pertenecen, sencillamente les ven como a personas con las que compartir un rato divertido, aprender y descubrir cosas nuevas.

Si valoramos a los demás solamente por el hecho de ser seres humanos con capacidad de amar y de disfrutar, nos sorprenderá descubrir que incluso con aquellas personas con las que en principio no tenemos nada en común, podemos encontrar algo que compartir (experiencias, proyectos, ideas, recursos…).

Afortunadamente todos tenemos características que nos hacen distintos y únicos (sería muy aburrido si todos fuésemos iguales), y precisamente en esa diferencia radica la riqueza de las relaciones humanas.

Ser abierto de mente no es ninguna necesidad, como tampoco lo es ser inteligente, atractivo o elocuente, puesto que sin ninguna de estas cualidades podemos llevar una existencia plena, pero también es cierto que una mente flexible contribuye a un mayor crecimiento personal.

En nuestra mano está ver los aspectos que nos hacen diferentes de los demás como pretexto para distanciarnos de ellos o como forma de enriquecer nuestra vida, siempre y cuando no evitemos el encuentro con ellos en el camino. Como dice el rapero  Peradamus en una de sus composiciones: “No comparto tu camino, pero me encuentro contigo…”.

 

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