EL PELIGRO DE LA AUTOESTIMA

AUTOESTIMA3

Esta mañana me ha hecho muchísima ilusión encontrarme con alguien que hacía mucho tiempo que no veía. Esa persona es Gonzalo, uno de los chavales a los que, hace bastantes años, yo acompañaba como monitora en el autocar que les llevaba cada mañana hasta el centro ocupacional y al finalizar el día de vuelta a casa. Eran todos chicos estupendos, divertidos y súper cariñosos, y recuerdo que nos lo pasábamos genial en los trayectos.

Encontrarme con Gonzalo me ha hecho reflexionar sobre el tema de la autoestima, ese concepto maldito que nos trae de cabeza. ¿Cómo puede alguien pensar que Gonzalo vale menos como persona porque tenga un cociente intelectual por debajo de la media? Si aceptamos incondicionalmente a los demás y a nosotros mismos no pensaremos eso, solo lo creeremos si manejamos el concepto de autoestima.

Veamos la diferencia que existe entre el concepto de autoestima  y el de autoaceptación incondicional y por qué es más acertado este último. Cuando hablamos de autoestima, nos referimos a que nos queremos o nos odiamos en función de nuestros logros, actos y capacidades, y de la aprobación de los demás, sin embargo, si nos aceptamos incondicionalmente, nos valoraremos con independencia de estas cosas.

Medir nuestro valor por lo que somos, tenemos o hacemos, hará que vivamos en un permanente estado de ansiedad y que sintamos mucha inseguridad, porque pensaremos que debemos ser guapos, inteligentes, simpáticos, buenos profesionales…, tener pareja, hijos, un buen empleo, reconocimiento social…, y actuar siempre de manera correcta, porque de lo contrario seremos personas detestables y sin ningún valor.

Si no conseguimos nuestros propósitos nos despreciaremos, mientras que nos querremos muchísimo cuando los alcancemos. Pero puede suceder que ese amor por nosotros mismos dure poco si no conseguimos la aprobación de las personas significativas para nosotros.

Supongamos que soy una atleta de élite que me preparo para participar en unas olimpliadas y pienso: “Si no consigo ninguna medalla, menudo desastre, seré una auténtica fracasada como deportista y como persona”. Esta presión a la que yo misma me someto me producirá muchísima ansiedad y no me permitirá disfrutar demasiado del deporte.

Tras meses de duro entrenamiento, compito en las olimpiadas y gano una medalla de oro de la que me siento muy orgullosa: “¡He conseguido una medalla de oro! Soy la leche, la mejor atleta del mundo, soy una persona que valgo un montón”, pero para mi sorpresa, mi entrenador me dice que el resultado ha sido bueno pero que podía haber ganado más medallas, entonces me deprimo porque mi valía como deportista y como persona se ha esfumado de repente, exactamente lo mismo que hubiera pasado de haber regresado a casa sin ninguna medalla.

Si queremos bajarnos de la montaña rusa de la autoestima, es preciso valorarnos por el mero hecho de existir y de ser humanos y no por las cualidades que poseemos, los logros que hemos alcanzado o por lo bien que actuamos.

Imaginad un recipiente con manzanas, unas sanas y otras podridas. El ser humano sería el recipiente y las manzanas nuestros actos. Con independencia de cómo sean las manzanas que contiene el recipiente, éste permanece inalterable, lo mismo pasa con el ser humano, puede cometer actos odiosos o dignos de admiración pero eso no le hace malvado o bueno, su valor sigue siendo el mismo.

Aceptarnos de manera incondicional, implica no menospreciar nuestros logros y habilidades, pero también sentir orgullo de nuestros fallos y limitaciones. A pesar de contener “manzanas podridas”, todos somos seres valiosísimos, únicos e irrepetibles.

A veces cuando alguien defiende que, por ejemplo, no vale lo mismo una persona con una gran inteligencia que ha hecho un descubrimiento científico importantísimo para la humanidad que otra con un considerable déficit intelectual, yo le pregunto: “Entonces, ¿por qué no acabar con todas las personas con graves problemas físicos y mentales?” Entonces me responden escandalizados: “¡¿Pero qué dices, cómo vamos a hacer semejante barbaridad?!”

¿Por qué se llevan las manos a la cabeza ante esta pregunta? Porque es en ese momento cuando se dan cuenta de que, al margen de capacidades y logros, todas las personas poseemos un valor intrínseco y de que a veces confundimos el valor que, sin duda, tienen nuestras habilidades y nuestros logros con el auténtico valor del ser humano.

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