EL VALOR DEL SER HUMANO

Este verano, durante un viaje a Polonia, he visitado el campo de concentración de Auschwitz, hay quien al enterarse me dice: “¿Pero qué necesidad hay de ir a ver algo tan desagradable?” Cerrar los ojos ante aquella barbarie no va a cambiar lo que allí ocurrió, está claro que pertenece al pasado y que el pasado es inamovible, pero si dejamos que sucesos como ese caigan en el olvido será más fácil que vuelvan a pasar. Como reza la frase que hay inscrita en uno de los bloques del campo “Quien olvida su historia está condenado a repetirla”.

Durante la visita los guías explican con detalle cómo era la vida de los prisioneros que llegaban hasta el campo deportados desde distintos países de Europa. Eran trasladados en trenes formados por vagones de ganado, viajaban hacinados y sin apenas comida ni bebida. Tras el durísimo e interminable viaje, los que conseguían llegar con vida creían que lo peor ya había pasado, ignoraban que empezaba para ellos un auténtico calvario.

Vivían en inmundos barracones, trabajaban en condiciones infrahumanas hasta desfallecer, la mayoría padecía todo tipo de enfermedades y eran sometidos a infinidad de vejaciones y castigos por parte de los oficiales de las SS o por otros prisioneros que eran nombrados jefes de bloque (a menudo más despiadados que los propios nazis). Muy poco tiempo después de la llegada al campo, los reclusos morían o eran exterminados.

Todos los que estábamos allí visitando el campo caminábamos en silencio entre los barracones mientras seguíamos con atención las explicaciones de nuestro correspondiente guía acerca de las atrocidades cometidas en el campo. Todos y cada uno de nosotros estábamos realmente impactados, nada de lo que allí estábamos viendo o escuchando podía dejar indiferente a nadie.

En uno de los barracones visitamos la celda de uno de los presos, un sacerdote llamado Maximiliano Kolbe. Al parecer en una ocasión uno de los reclusos se fugó, a continuación y siguiendo las normas del campo en esos casos, los oficiales seleccionaron a diez prisioneros para matarles a modo de escarmiento. Uno de los elegidos se lamentó de que si le mataban quién cuidaría de su mujer y sus hijos. Entonces, el padre Kolbe, sin dudarlo, se ofreció para ser ejecutado en su lugar.

Al finalizar la visita, atravesamos la doble alambrada para salir del campo, y a pocos pasos nos topamos con un enorme caserón deshabitado con vistas a las chimeneas de los hornos crematorios. ¡¿Quién demonios podía vivir en un sitio asíí?! Pues el comandante Rudolf Höss y su familia durante los años en los que el campo estuvo funcionando. Él era el encargado de dirigir y planificar el exterminio en Auschwitz. Al parecer desarrollaba su labor con total eficiencia, frialdad y dureza.

Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre los principios que defiende la TREC acerca del valor de las personas. ¿Cómo es posible que el padre Kolbe valga lo mismo que el comandante Höss? Pues así es, ambos eran seres humanos y no hay que caer el error de identificarles con sus actos.

El hecho de que el padre Kolbe sacrificara su vida a cambio de la vida de su compañero, es realmente loable, pero sin duda a lo largo de su existencia también habría cometido multitud de errores y fallos. Al fin y al cabo, y por mucho que haya sido canonizado, no deja de ser un ser humano como cualquier otro, con sus  virtudes y sus defectos.

Por otro lado, a pesar de las humillaciones y los salvajes castigos que infringía el comandante Höss a los prisioneros, yo intentaba verlo como un ser humano con corazón (aunque lo tuviera escondido en algún lugar recóndito de su ser). Lo imaginaba con sus amigos o en su casa con su familia, con los que seguramente sería cariñoso y atento. De hecho debía ser así porque una hija suya se refiere a él como “el hombre más amable del mundo”.

Por lo general, las cosas no son blancas o negras, hay infinidad de matices grises. Nadie es absolutamente bueno o malo, por lo tanto, no debemos elevar a los altares a una persona en su totalidad por algunos actos de bondad ni condenarla por determinados hechos detestables, pero sí podemos aprobar o condenar los actos que lleva a cabo.

Si afirmamos que el padre Kolbe era completamente bueno por su acto de generosidad y que el comandante Höss era totalmente malvado por sus actos desalmados, estaremos identificando a las personas con sus actos y valorándolas por ellos. El valor de las personas es inmenso simplemente por el mero hecho de estar vivos y de ser únicos e irrepetibles, y ese valor es independiente de sus conductas, de su ideología, de sus capacidades y de sus logros.

Si comentemos un acto despreciable y nos culpamos por ello, nos diremos a nosotros mismos que somos seres indignos y ruines, merecedores del peor de los castigos. Por el contrario, si nos responsabilizamos de ese acto pero condenamos solo y exclusivamente el hecho, experimentaremos arrepentimiento y buscaremos la mejor manera de reparar el daño que hayamos causado, procurando, además, aprender del error para no volver a cometerlo.

Hay que entender y aceptar que no somos perfectos, que todos somos falibles y que aunque no queramos fallar, no podemos evitar hacerlo porque forma parte de la condición humana. Por lo tanto, hay que dejar de culpar a los demás y a nosotros mismos por errores o comportamientos equivocados y aprender a condenar solo los actos.

El sentimiento de culpa no es nada funcional, solo sirve para sufrir inútilmente, el arrepentimiento, sin embargo, es mucho más útil y sano. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s