LAS HORMONAS DEL ESTRÉS

ESTRES

Imaginemos a un hombre de las cavernas paseando por la sabana africana una bonita mañana de primavera, cuando de manera inesperada, un león se cruza en su camino.

Ante esa amenaza física, inmediatamente, el sistema nervioso simpático ordena a las glándulas suprarrenales que segreguen a toda prisa enormes cantidades de, entre otras hormonas, adrenalina y cortisol, estas provocarán un estado de activación y de alerta que prepararán al individuo para el ataque o para la huida.

Una vez que el peligro pase, se activará el sistema nervioso parasimpático, haciendo que el organismo recupere de nuevo su estado de relajación. La reacción de estrés es, por tanto, un mecanismo de defensa necesario y adaptativo, que si nuestro organismo no fuera capaz de activar, no permaneceríamos demasiado tiempo con vida.

A pesar de que hoy en día apenas existen situaciones extremas que comprometan nuestra vida, seguimos reaccionando ante determinadas circunstancias exactamente de la misma manera que lo hacían los primeros habitantes de la tierra cuando se encontraban ante un depredador.

El estrés es, por lo tanto, útil en ciertas ocasiones, pero se convierte en un problema cuando la tensión emocional y física deja de ser algo puntual que nos alerta y protege de un peligro real, para transformarse en algo crónico, es entonces cuando nuestro organismo, sometido a altas dosis de hormonas del estrés durante largos periodos de tiempo, nos envía mensajes para que frenemos nuestro ritmo de vida y dejemos de forzar la máquina.

El lenguaje que el cuerpo emplea para darnos ese toque de atención son las migrañas, los dolores de estómago, las contracturas musculares, las alteraciones del sueño, el cansancio… Si hacemos oídos sordos a estas señales y no ponemos remedio, nuestro sistema inmunológico (muy debilitado por el estrés) no podrá impedir que a la larga suframos todo tipo de enfermedades, desde un simple resfriado o una infección, hasta un infarto o cáncer.

Como hemos visto, la respuesta de estrés está mediada tanto por la adrenalina, que nos activa y nos incita al ataque, como por el cortisol, que nos mantiene en alerta y nos paraliza. Ante un determinado estímulo, en nuestro organismo predominará una hormona u otra dependiendo de lo que nos digamos a nosotros mismos acerca de ese estímulo.

Si percibimos una situación adversa como por ejemplo, la pérdida de empleo, como algo que, aun siendo un hecho desafortunado, puede brindarnos nuevas oportunidades (desarrollar nuestros talentos, llevar a cabo nuevos proyectos, dedicarnos a aquello que siempre quisimos hacer…), la adrenalina nos impulsará a la acción ayudándonos a ver las posibilidades que nos ofrece nuestra nueva situación y a encontrar soluciones a nuestro problema.

Si, por el contrario, entendemos que quedarnos sin trabajo es algo horrible, espantoso y una de las peores cosas que nos pueden suceder, el cortisol cobrará protagonismo provocando bloqueo y dificultad para pensar con claridad, por lo que nos resultará muy complicado buscar posibles salidas y tomar las decisiones más acertadas.

Esto es interesante, puesto que si los pensamientos dependen de nosotros y estos producen emociones y hormonas que contribuyen a que actuemos una dirección u otra, en nuestra mano está pensar racionalmente, sin terribilizar ante determinadas circunstancias, para sentir y actuar de manera más eficaz y adecuada.

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