¡NO TE ENGAÑES A TI MISMO!

autoengañoContar pequeñas mentiras de manera puntual (siempre y cuando no tenga consecuencias negativas para los demás), no es nada malo, de hecho puede resultarnos de bastante utilidad, pero lo que no debemos hacer NUNCA es ENGAÑARNOS A NOSOTROS MISMOS, ya que si lo hacemos, lo único que conseguimos es boicotear nuestros propios intereses.

Esto sucede siempre que nos convencemos de que no queremos hacer algo porque no nos gusta, cuando en realidad es porque nos aterroriza. Hay quienes afirman que se encuentran fenomenal sin pareja o que detestan ir de vacaciones a otros países y sinceramente es así, pero hay otros que, aún deseando encontrar el amor sentimental o viajar en avión para conocer otras culturas, se convencen de no desear hacerlo porque tienen pavor a ser abandonados o a morir en un accidente aéreo.

Mentirnos a nosotros mismos hace que actuemos de manera disfuncional, esto quiere decir que si no reconocemos que algo nos aterroriza, no podremos trabajar para reemplazar las creencias irracionales generadoras de ese miedo y, por lo tanto, no seremos capaces de llegar a hacer aquello que en el fondo tanto deseamos.

A continuación, contaré el caso de Natalia, este es un claro ejemplo de hasta qué punto el autoengaño nos perjudica.

Natalia era una chica de 38 años que trabajaba como comercial en una empresa farmacéutica, era una excelente profesional, de hecho era una de las mejores del sector, que se desvivía por hacer su trabajo de manera impecable. A pesar de ser sociable y de no presentar ninguna dificultad para relacionarse con clientes o compañeros, mantenía con ellos una relación cordial pero distante y muchos la tachaban de “rarita”.

En su tiempo de ocio prefería quedarse en casa o realizar actividades que pudiera llevar a cabo en solitario y muy de vez en cuando quedaba, casi por obligación, con alguno de los poco amigos que tenía. Aseguraba que no le agradaba relacionarse con los demás, consideraba a la gente egoísta, aburrida y poco interesante, y pensaba que nadie podía aportarle nada que valiera la pena.

Ni que decir tiene que no tenía ninguna intención de establecer nuevas relaciones ni de amistad ni de pareja, así que cuando no le quedaba más remedio que relacionarse con los demás, procuraba que el contacto fuera lo más superficial posible.

Es poco frecuente, pero hay personas que pueden vivir apartadas de la sociedad y ser felices, por ejemplo los ermitaños, pero Natalia no era una de ellas, sencillamente porque distaba mucho de ser una persona feliz.

La frialdad e indiferencia que Natalia mostraba hacia los demás, tan solo era una máscara tras la que ocultaba su miedo a ser rechazada o abandonada.

Desde siempre, Natalia había tenido una vecina, Carlota, de su misma edad con la que había mantenido una estrecha amistad, estaban muy unidas, ya que no solo eran vecinas, sino que también habían ido juntas al colegio y habían compartido juegos en la infancia y más tarde las primeras salidas, confidencias… Para ella, Carlota, había sido la hermana que, al ser hija única, siempre había deseado tener. Cuando Natalia y su amiga tenían diecisiete años, al padre de Carlota le ofrecieron trabajar como cirujano en un prestigioso hospital de Estados Unidos y toda la familia se trasladó a ese país.

Tras la marcha de Carlota, las dos chicas se telefonearon un par de veces e intercambiaron algunas cartas, pero poco tiempo después Carlota dejó de devolverle las llamadas y de contestar a sus cartas, nunca más volvió a saber nada de ella. Esto para Natalia supuso una decepción tan grande que la sumió en una depresión, a partir de ahí su miedo y su desconfianza hicieron que fuera aislándose cada vez más.

Conseguir que Natalia tuviese relaciones sanas con los demás y que disfrutara de ellas, pasaba porque dejara de engañarse a ella misma y reconociera que evitaba relacionarse con la gente por miedo a sufrir. Después de un tiempo, no solo reconoció esto sino también que su aislamiento no le hacía feliz pero que al menos la protegía de que alguien pudiera dañarla de nuevo. Si no hubiese reconocido el problema no hubiera podido dar el siguiente paso para solucionarlo.

Una vez dejó de autoengañarse, pudo empezar a combatir la larga lista de creencias irracionales acerca de ella misma y de los demás que durante tanto tiempo había mantenido: “Tengo que hacer mi trabajo siempre muy bien y ser muy competente para ser aceptada por los demás”. “No debo hacer el ridículo nunca porque mi imagen quedaría por los suelos”. “Procuro agradar siempre a los demás, por lo tanto no deberían rechazarme”. “Los demás tienen que tratarme siempre con el mismo respeto y consideración que yo a ellos”. “La gente no debería defraudarme jamás, pero sé que tarde o temprano todo el mundo lo hará…”.

Con trabajo y perseverancia, logró que las exigencias hacia ella y hacia los demás se convirtieran en preferencias y que, por lo tanto, el miedo a no ser aceptada o a ser abandonada se redujera considerablemente. Como consecuencia, las relaciones con sus compañeros de trabajo mejoraron notablemente y estableció nuevos lazos afectivos. Para Natalia fue una sorpresa descubrir que sus exigencias o creencias irracionales no le había permitido durante muchos años apreciar que estaba rodeada de gente maravillosa de cuya compañía estaba empezando a disfrutar.

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