EL PROGRESO

PIRAHAS Y EL PROGRESOLos Pirahás son una pequeña tribu amazónica que vive a orillas del río Maici. Los lingüistas aseguran que poseen la lengua más extraña del mundo porque no tiene términos para los colores o los números, carece de pronombres personales y de oraciones subordinadas, y lo más curioso de todo, no hay tiempos verbales para referirse al pasado o al futuro.

Para estos indígenas solo existe el presente, quizá por eso, hay quienes afirman que poseen la gramática de la felicidad. Su lenguaje es tan sencillo como su forma de vida. No conocen los números, solo los conceptos “mucho” y “poco”.

No saben contar porque no lo necesitan, en sus trueques, les basta con ver la cantidad o la pila de cosas para valorar si es o no un intercambio adecuado. Tampoco son capaces de decir si tienen dos o tres hijos, para ellos es suficiente con saber cuáles son y cómo se llaman.

Los Pirahás no dan importancia al pasado (la mayoría ni siquiera recuerda el nombre de sus cuatro abuelos) ni planifican un futuro que todavía no existe. Viven el presente más inmediato, duermen cuando tienen sueño (pequeñas siestas a lo largo del día y de la noche) y comen cuando sienten hambre (solo pescan lo que van a consumir en ese momento). Se muestran contentos cuando sacian sus necesidades y no aspiran a ninguna otra gratificación.

Trabajan cuatro horas al día (pescan, fabrican cestas, arcos, flechas…), el resto del tiempo lo dedican a nadar en el río, charlar, contar chistes o simplemente a no hacer nada. Llevan una vida carente de preocupaciones y de aspiraciones pero alegre y feliz.

Abandonemos la jungla amazónica y regresemos a nuestra sociedad occidental, donde en las últimas décadas se ha producido un importante avance científico y tecnológico que ha contribuido de manera decisiva a aumentar nuestra esperanza de vida y a que vivamos más cómodamente. Esto que aparentemente es positivo, tiene un lado negativo y es la tendencia del ser humano a convertir en necesario todo lo que tiene a su alcance.

Muchas personas se sorprenden cuando menciono que no tengo coche ni carné de conducir. Tampoco salen de su asombro cuando descubren que no tengo Watshapp y ni siquiera internet en el móvil (el que tengo es más bien un modelo, podríamos decir, vintage). Que se extrañen de que pueda vivir sin esas cosas tan “necesarias”, que hasta hace dos días no las teníamos y no por ello éramos menos felices, demuestra la excesiva facilidad con la que nos apegamos a cualquier cosa.

El progreso nos aleja de una vida sencilla y natural, como la de los Pirahás, porque caemos en la trampa de pensar que para ser felices necesitamos un puesto de trabajo bien remunerado, salud completa, una casa en propiedad, hijos, belleza, inteligencia, pareja, aire acondicionado, estatus social, estabilidad económica, un lavavajillas, un coche último modelo…

Hay quienes buscan la felicidad en este tipo de cosas, pero cuando obtienen aquello que creen necesitar para ser felices, descubren que solo les proporciona cierta satisfacción y alegría pero no auténtica felicidad, entonces se marcan un nuevo objetivo con la misma finalidad, después otro y así sucesivamente. Completamente desorientados, van de un lado para otro buscando la felicidad, ignoran que ya tienen todo para ser felices e intentan encontrar fuera lo que está en su interior.

Los Pirahás tan solo disponen de comida y bebida y son felices, por lo tanto, nosotros también podemos conseguirlo. No se trata de vivir como un indígena, sino de compartir su filosofía de vida, es decir, necesitar muy poco para ser feliz. Está bien desear una pareja, una casa en la playa, ganar más dinero, hijos, el trabajo de nuestra vida y todo cuanto podamos imaginar, pero sabiendo que no lograrlo no supondrá un impedimento para disfrutar plenamente de la vida. Si, por el contrario, creemos que para alcanzar la felicidad necesitamos alguna de estas cosas, no conseguirla nos producirá ansiedad y depresión. Debemos darnos cuenta de que no necesitamos aquello que tanto deseamos.

Cuando pienso en la vida que llevamos en occidente no puedo evitar hacerme la siguiente pregunta: ¿Qué es preferible, morir a los cuarenta años pero llevar una vida tranquila, feliz, sin preocupaciones y disfrutando de cada momento o llegar hasta los cien con la presión de pagar la hipoteca cada mes, de alcanzar un puesto directivo en la empresa, de lucir un cuerpo escultural, de tener un coche mejor que del vecino…, y sufriendo el estrés y la ansiedad que todo esto produce?

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