LA AUTOACEPTACIÓN INCONDICIONAL

AUTOESTIMALucía es una chica estupenda, divertida y muy simpática, pero a veces es demasiado susceptible a los comentarios de los demás. A continuación reproduzco parte de una conversación que tuve con ella la semana pasada:

-¡Hola Lucía! ¿Cómo estás?- le pregunté.

-Regular, porque hace un par de días discutí con mi jefe y todavía me dura el cabreo – me contestó enfadada.

-¡Han pasado dos días y sigues molesta! – exclamé – Pero, ¿qué pasó?

-Pues que me dijo que últimamente me equivocaba con frecuencia, que había detectado errores en mis informes y que tuviese más cuidado, y claro, me sentó a cuerno quemado. Le contesté que no le iba a permitir que cuestionara la calidad de mi trabajo y, a partir de ahí empezamos a discutir.

-Bueno, entiendo que te sentara un poco mal pero tampoco es para tanto, ¿no te parece? – comenté yo.

-¡¿Qué no es para tanto?! Yo creo que sí, sobre todo porque me lo soltó delante de mis compañeros y porque además lo que dijo era mentira, y eso es lo que más me molestó – respondió Lucía muy alterada.

-Si alguien te dijera en presencia de otras personas que eres igualita a Claudia Schiffer, ¿te enfadarías por eso? – le pregunté. Lucía es morena, con el pelo corto y más bien bajita.

-No, por supuesto que no, pensaría que está de broma, no nos parecemos en nada, pero no, no me enfadaría – contestó ella sonriendo.

-Y si alguien se dirigiera a ti, también delante de otras personas, en tono amenazante y con intención de hacerte daño, diciéndote: “¡Eres morena! ¿Acaso te crees que no me he dado cuenta?”, ¿te sentirías dolida?

-Tampoco, ¿cómo me voy a sentir dolida por eso? – respondió sorprendida.

-Entonces, tanto si te dicen que eres idéntica a Claudia Schiffer, aunque es evidente que es mentira, como si te acusan de algo que es cierto, como por ejemplo que eres morena, no te enfadarías, y tampoco parece que te importe demasiado el hecho de que hubiera otras personas presentes, ¿no? Por lo tanto, la cuestión no es que lo que te digan sea verdad o mentira, o que cuando te lo digan haya gente delante o estés tú sola, sino que consideres ese comentario un agravio o no. En este caso, cometer errores en el trabajo lo ves como algo muy malo que te sitúa en una posición inferior, de lo contrario el comentario de tu jefe no te hubiera afectado tanto – le expliqué.

-Hombre, está claro que trabajar mal no es algo bueno y si además te lo sueltan a la cara no le vas a dar encima las gracias – replicó Lucía.

-Efectivamente no es algo bueno, pero es solo un detalle de la persona sin apenas importancia, su valía no depende de eso, sino del hecho de ser un ser humano y de tener la capacidad para amar la vida y a los demás. Por tanto, da igual que alguien sea feo, tonto, gordo, pésimo trabajador…, lo importante es su capacidad para hacer cosas positivas por los demás, para establecer lazos afectivos y para apreciar y disfrutar a tope la vida, y todo eso no depende de ser guapo, inteligente o elegante. Si eso lo tienes claro, no te sentirás atacada por nada de lo que te digan.

-No sé… – dijo pensativa – si una persona es tonta, fea, antipática, torpe…, vamos, que no tiene nada bueno ¿cómo va a ser alguien valioso?

-Lucía, si vas por la calle caminando y te encuentras un billete de 50 euros manchado de barro y arrugado, ¿lo cogerías?

-¡¡¡Hombre, pues claro!!! – respondió con entusiasmo.

-El billete por muy sucio o arrugado que esté sigue manteniendo su valor, ¿no? Lo mismo sucede con el ser humano, la ausencia de cualidades y logros jamás le restarán valor como persona.

-Ya, eso sí, pero entonces… ¿da igual lo que me digan? ¿Me tengo que callar siempre y dejar que los demás queden por encima como el aceite? – insistió Lucía.

-Si tu autoestima está fuerte, ningún comentario hará que te sientas menospreciada, de esta manera, desde la calma, podrás pedir (no exigir) a quien te quiera ofender: “Preferiría que no me dijeses ese tipo de cosas”, pero con la tranquilidad de que si esa persona continúa con sus críticas a ti te afectarán muy poco. Pero si, por el contrario, basas tu valía en la inteligencia, en la belleza, en el estatus social, en tener dinero, en trabajar bien o en cualquier otra capacidad o logro, entonces es normal que ante el más mínimo comentario que ponga en entredicho alguna de estas cosas te sientas herida y contestes (exigiendo) como lo has hecho tú a tu jefe: “No te voy a consentir que cuestiones la calidad de mi trabajo”- argumenté.

-Y si alguien viene y te da un bofetón, ¿no le dirías nada, Pilar? – me preguntó por último medio bromeando.

-Pues no sé si le diría algo, pero lo que sí te puedo asegurar es que saldría corriendo, hay mucho locuelo por ahí suelto y es mejor poner distancia de por medio – concluí sonriendo.

Al final Lucía acabó entendiendo que una autoestima sólida le haría más fuerte ante las afrentas de los demás, y que eso solo se consigue teniendo muy claros los valores que son importantes en la vida.

Ser inteligente, guapo, atractivo, trabajador, estiloso, eficiente, delgado, rico, elocuente…, está bien pero en absoluto necesario para tener una vida plena e interesante, de hecho hay muchísima gente sin esos rasgos con vidas realmente fantásticas. Lucía comprendió que aunque fuese una trabajadora desastrosa, eso no le impediría ser feliz. Al darse cuenta de esta realidad, el comentario de su jefe dejó de parecerle algo hiriente e inaceptable.

Por lo tanto, aunque carezcamos de todas las cualidades y logros que podamos imaginar, podremos disfrutar igualmente del hecho de estar vivos, de relacionarnos con los demás y de todas las posibilidades de goce que nos ofrece la vida.

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