VIVIR SIN ESTRÉS

VIVIR SIN ESTRESComo comenté en el post anterior, la prisa y la hiperexigencia se han convertido en las principales fuentes de estrés de la sociedad occidental. Pretendemos hacer  muchas más cosas de las podemos y nos exigimos demasiado a nosotros mismos.

El resfriado es una enfermedad muy frecuente, pero eso no quiere decir que estar resfriado sea saludable, lo mismo sucede con el estrés, estamos tan habituados a padecerlo que creemos que es normal vivir estresados y no somos conscientes del perjuicio físico y mental que nos ocasiona.

No debemos, por tanto, restar importancia al hecho de sufrir estrés y pasar por alto las nefastas consecuencias que este tiene cuando se convierte en crónico. Está comprobado que debilita el sistema inmunológico y que, como resultado, el cuerpo se hace más vulnerable a contraer todo tipo de enfermedades: úlceras, depresión, dermatitis, diabetes, infarto, cáncer…

Propongo a continuación algunos consejos para combatir el estrés:

Simplificar nuestra vida: es fundamental gestionar bien el tiempo y organizarnos mejor, para ello debemos revisar la larga lista de tareas que pretendemos llevar a cabo, establecer prioridades y eliminar aquellas actividades de las que podamos prescindir. En definitiva, se trata de realizar menos cosas y de disfrutar haciéndolas.

Mindfulness o atención plena: es un tipo de meditación que consiste básicamente en situarnos en el momento presente, aceptándolo, sin juzgar ni nuestros pensamientos ni nuestras emociones, simplemente contemplándolos, como si estuviéramos mirando las nubes o un cuadro. Esta forma de meditación nos ayudará a centrarnos en el aquí y el ahora y a disfrutar de todo cuanto hagamos.

San Francisco de Sales, haciendo referencia a la meditación, decía: “Es esencial dedicar media hora al día a la meditación, salvo cuando uno está muy ocupado, entonces hace falta una hora entera”.

Entregarnos a actividades o proyectos que nos apasionen: por ejemplo la pintura y la escritura son actividades altamente absorbentes (mucho más que visitar un museo o leer), y obligan al que las realiza a concentrar toda su atención en ellas. Hay otras muchas como la cocina, cuidar el jardín, tocar un instrumento musical…, todos tenemos alguna pasión a la que poder dedicar gran parte de nuestro tiempo. Si no se nos ocurre ninguna, intentemos recordar aquello que de pequeños nos encantaba hacer y que además hacíamos muy bien.

Perder el miedo al aburrimiento: no es necesario tener todo el tiempo ocupado, de hecho es bastante recomendable pasar ratos sin hacer absolutamente nada, simplemente pensando dónde nos gustaría ir de vacaciones o lo que nos apetecería hacer el próximo fin de semana. El aburrimiento no mata, quizá puede resultar un poquito incómodo si no estamos acostumbrados, pero no debemos considerarlo como algo malo ni sentirnos culpables por creer que perdemos el tiempo. El dolce far niente, como lo llaman los italianos, favorece la creatividad y ayuda a frenar nuestro ritmo de vida.

Aprender a decir “no”hay quienes son incapaces de negarse a hacer cosas que los demás les piden pero que realmente no desean hacer, simplemente porque creen que es lo que se espera de ellos. Cuando acceden a hacer algo a regañadientes surge un inevitable resentimiento hacia la persona que se lo ha pedido y si, por el contrario, se atreven a decir “no” se sentirán tremendamente culpables. Estas personas actúan así porque necesitan la aprobación de los demás, para ello intentan por todos los medios evitar ser rechazados y que los demás piensen mal de ellos o se enfaden, esto les conduce a llenar sus vidas de supuestas obligaciones. Hagamos solo aquello que sinceramente nos apetezca hacer y digamos “no” a lo que realizamos exclusivamente por compromiso.

Incorporar a nuestra vida hábitos saludables: una dieta sana y variada, algo de deporte suave y suficientes horas de sueño contribuyen a mejorar nuestra salud física y mental.

Meditar sobre la muerte: vivimos de espaldas a la muerte, no solemos pensar en ella y si surge en alguna conversación rápidamente cambiamos de tema, actuamos como si nunca nos fuésemos a morir. Aunque nos produzca un enorme dolor la pérdida de un ser querido, debemos entender la muerte como algo natural, bueno y necesario (si viviéramos eternamente tendríamos, entre otros, serios problemas de superpoblación). De esta manera y para tomar conciencia de nuestra propia finitud, es muy útil imaginarnos (con tranquilidad y sin ansiedad) a nosotros mismos muertos. Este es un excelente ejercicio que nos permite relativizar la importancia de todo cuanto nos preocupa y estresa.

Terapia cognitiva: todas estas recomendaciones resultan de gran ayuda para reducir el estrés, pero sin duda la terapia cognitiva es lo más efectivo, sobre todo cuando el malestar es tan grande que nos sentimos sobrepasados e incapaces de llevar una vida normal. Esta terapia nos enseña las herramientas necesarias para liberarnos de la autoexigencias causantes del estrés y contribuye a establecer una adecuada escala de valores.

Para gozar de una vida placentera, tranquila y feliz, es importante dejar de pisar el acelerador y replantearnos nuestra filosofía de vida, porque como dijo una vez el maestro Ramiro Calle: “Hasta un caballo de carreras si no para, se destripa”.

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