LAS QUEJAS

QUEJASi nos pararnos a escuchar a los que nos rodean y/o a nosotros mismos, comprobaremos que no pasa ni un solo día en que no nos quejemos por algo: “He pedido un favor a Ana y ha pasado de mí, qué egoísta”, “Me ha salido fatal la entrevista de trabajo que he hecho, es que soy súper inútil”, “He estado esperando el autobús veinte minutos con el frío que hace, es intolerable”, “Otra vez he llegado tarde al trabajo por culpa del tren, estoy harta de que siempre venga con retraso”, “Qué ridículo hice ayer en la reunión, soy el hazmerreír de la empresa”, “Han perdido mi historial médico en el hospital, qué desastre de país”, “Qué frío hace, es horrible, a ver si llega ya el verano”, etc, etc, etc.

Siempre que pregunto a la gente qué consiguen quejándose, invariablemente contestan que es una forma de desahogarse. Es cierto que un primer momento sentimos alivio, pero a medio y largo plazo estamos alimentando nuestras ideas irracionales sobre nosotros mismos, sobre demás y sobre el mundo en general: ”Debería hacerlo todo muy bien, no puedo fallar, de lo contrario soy un incompetente y un inútil”, “Todo el mundo debería tratarme siempre con respeto y consideración, si no son seres despreciables”, “En la vida todo debería ser como yo quiero, no tendrían que existir ni los robos, ni los fraudes, ni los atascos, ni las injusticias…”, “Debería conseguir lo que deseo sin esfuerzo y cómodamente”.

Cuando les digo que quejarse no sirve para nada, el comentario es siempre el mismo: “¿Es que te da todo igual? ¿Te conformas con todo?”. El pensamiento del todo o nada es muy típico del neurótico: “Me tengo que quejar por todo porque si no lo hago soy un pasota integral”. No quejarse nada tiene que ver con ser pasota, lo que sucede es que en esta sociedad neurótica en la que vivimos, quejarse está bien visto, si lo hacemos parece que somos personas implicadas y comprometidas con las injusticias, las desigualdades…, mientras que si no nos quejamos da la sensación de que tales circunstancias nos resultan indiferentes.

Hay que ser prácticos y quejarse no lo es. Si una situación nos desagrada, conviene valorar si es posible hacer algo para cambiarla, si es así, el tiempo y la energía que malgastamos en la queja los emplearemos en actuar para mejorar esa circunstancia, y si por el contrario, no podemos hacer nada, lo más saludable y maduro es aceptar la situación y no recurrir al pataleo como hacen los niños cuando las cosas no son como ellos quieren o no consiguen lo que desean.

La queja es mucho más contagiosa que cualquier enfermedad vírica y, lo que es peor, a veces bastante más nociva. Por lo tanto, debemos tener cuidado cuando nos relacionamos con quejicas, porque resulta tremendamente fácil dejarnos arrastrar por su diálogo quejumbroso.

Conviene que tomemos conciencia del riesgo que entraña vivir instalados en la queja. Al quejarnos exageramos negativamente cosas que tampoco son tan importantes y de las que podemos prescindir y seguir estando bien. A medida que pasa el tiempo, la queja se hace más frecuente y nos convierte en personas cada vez más débiles emocionalmente y, por tanto, susceptibles de padecer ansiedad, depresión… La queja es sin duda el mejor abono para la semilla de la neurosis.

Así que, ¡basta de quejas!, nuestra salud mental nos lo agradecerá.

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3 pensamientos en “LAS QUEJAS

  1. Enhorabuena por tu blog!!! Sin duda está lleno de ideas y conceptos que nos ayudarán a tener una mente más flexible y sana. Gracias!!! Un beso

  2. Sí, es cierto, yo estoy todo el día quejándome por todo. Concretamente, me pasó algo parecido a lo de que pierdan tu historial, a mí me perdieron una parte del mío, me enfadé muchísimo, cuando salí del hospital, se lo conté a todos mis conocidos, a mi familia y cada vez me iba enfadando más, ya quería que la gente se enfadara conmigo para que me reforzaran y así pasó, me sentía comprendida, hasta que una compañera del trabajo me dijo: “eso da igual, está todo informatizado”, me sentó un poco mal que no me apoyara en mi malestar pero tenía toda la razón. No lo he dicho ahora y cuando conté a todo el mundo mi “traumática” experiencia en el hospital, tampoco, pero los resultados de las pruebas los miraron en el ordenador, y así sucedería con el resto de las pruebas anteriores. En realidad, no había ningún motivo para enfadarme, porque si la doctora no me lo hubiera dicho, yo ni me habría enterado.

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