ACEPTACIÓN INCONDICIONAL

ACEPTACION INCONDICIONAL—Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?

—La culpa sería de usted —le dijo el principito con firmeza.

—Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar —continuó el rey.

En este breve extracto de “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, el rey defiende el concepto de aceptación incondicional de los demás, es decir, la idea de sólo pedirles lo que pueden ofrecernos y no exigirles lo que nosotros creemos que tienen obligación de darnos.

La aceptación incondicional de los demás va estrechamente unida a la autoaceptación incondicional, puesto que si aceptamos a los demás como seres maravillosos, aunque falibles, nos aceptaremos a nosotros mismos de igual manera. No nos exigiremos ser siempre perfectos y nos permitiremos cometer fallos de vez en cuando.

Hace años, yo misma era demasiado exigente con amigos, parejas, familiares y compañeros de trabajo, nunca les reprochaba nada porque sabía que no tenía ningún derecho a hacerlo, que podían comportarse como quisieran, aunque su conducta no se ajustase a mis exigencias, lo sabía pero no a un nivel lo suficientemente profundo, porque cuando entendía que alguien me fallaba no podía evitar sentir rabia o un profundo disgusto.

Por ejemplo, si pedía a un amigo que me acompañase al cine y se negaba porque esa película no le interesaba en absoluto, me molestaba muchísimo, creía que si era mi amigo debía hacer el esfuerzo y acompañarme, si no era un egoísta. Pero, ¿quién era más egoísta, mi amigo por no hacer algo que no le apetecía o yo por empeñarme en que él hiciera lo que yo quería?

Durante algún tiempo me esforcé y perseveré hasta convertir las exigencias: “Debo hacerlo todo perfecto, no puedo fallar, los demás me tienen que tratar siempre con respeto y consideración, si pido un favor deben hacerlo…”, en preferencias: “Me gustaría hacer las cosas bien, pero si me equivoco, tampoco es tan grave, preferiría que los demás me trataran siempre bien pero si alguna vez no lo hacen, no pasa nada, podré soportarlo, y si se niegan a hacerme un favor, tampoco es una tragedia…” Aprendí a valorar lo que los demás podían darme y a ser más tolerante, aceptando los fallos ajenos y los míos propios.

Me di cuenta de que todas y cada una de las personas tenían algo valioso que ofrecerme (y yo a ellos), pero también fui consciente de que hay cosas que no podían darme (y yo tampoco a ellos), por ejemplo, podía contar con un amigo para salir de copas, pero no para compartir una confidencia porque no era muy discreto, y con el amigo que era capaz de guardar un secreto, no podía esperar ir de fiesta porque no era una de sus aficiones. Cada uno de nosotros aportamos algo único a los demás y eso es lo bonito de las relaciones.

Si tenemos un pensamiento rígido basado en exigencias, lo único que conseguiremos es sentir frustración y rabia cuando los demás no cumplan con lo que les exigimos y también cuando consideremos que nosotros hemos fallado. Esta forma de pensar sólo nos causa daño, es mucho más eficaz y sano aceptar incondicionalmente a los demás y a nosotros mismos, así nos sentiremos mucho más relajados y mejoraremos las relaciones con nuestro entorno.

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