“SOLO SÉ QUE NO SÉ NADA”

nolose

Juan está totalmente convencido de que para ir de Madrid a Barcelona ha de tomar la A6. A pesar de que algunas personas de su entorno le advierten de que no es la A6 sino la A2 la autovía que ha de coger, Juan hace caso omiso de sus recomendaciones y no altera su ruta. Así que, sin dudar un solo instante, comienza su recorrido por la autovía que le conducirá no a Barcelona, sino a La Coruña.

Por otro lado, Carlos también desea hacer el mismo viaje, pero desconoce cuál de todas las autovías que salen de Madrid debe coger para llegar a Barcelona, así que decide seguir las indicaciones de su GPS y emprende su camino por la autovía A2.

¿Quién llegará antes a su destino? ¿El que no sabe cómo llegar pero, al estar seguro de que sí sabe, se aferra a su decisión poco acertada, o el que sabe que no tiene ni idea y contempla todas las posibles opciones?

La diferencia entre el ignorante y el sabio radica en que el ignorante no sabe pero cree que sabe y el sabio sabe que no sabe. El ignorante se empecina en que todo “debe ser” según su rígida perspectiva de las cosas. El sabio, sin embargo, se siente en armonía con él mismo y con todo lo que le rodea porque sabe que las cosas en sí mismas ya son como tienen que ser, aunque muchas veces no le gusten o no comprenda por qué y para qué suceden.

La acción del ignorante, ante algo que pretende cambiar, suele ser poco efectiva porque surge del rechazo y de la lucha, mientras que la del sabio es constructiva porque proviene de la paz y de la aceptación.

La ausencia de humildad del ignorante le lleva a creer que la experiencia que le dan sus escasos años de vida sobre este planeta es más que suficiente para saber cómo tendría que funcionar el mundo: sin injusticias, sin guerras, sin desastres naturales, sin violencia, sin pobreza, sin enfermedad, sin muerte, etc, etc. También cree saber lo que debería hacer, ser o tener para ser feliz y, por supuesto, cómo tendrían que ser los demás y de qué manera deberían comportarse. Está convencido de que si dejaran el mundo en sus manos todo iría mejor, porque el universo con sus miles de millones de años de existencia no tiene ni idea de cómo deben funcionar las cosas, pero él sí.

Una muestra de dicha arrogancia es el argumento que esgrimen algunos a la hora de negar la existencia de cualquier Ser Creador, Fuente, Energía Cósmica, Consciencia Universal o como queramos llamarle, aseguran que si existiera, no permitiría que sucediesen determinadas cosas que, según ellos, no deberían ocurrir. Esto es lo mismo que pensar que si existiera algún ser superior organizaría el universo de la misma manera que lo harían ellos, es decir, de la manera correcta.

El ignorante siempre quiere tener razón e imponer sus creencias que asume como ciertas solo por el hecho de que es él quien las piensa. A pesar de que la realidad le demuestra que esas creencias, lejos de servirle para ser feliz, le generan un gran sufrimiento, no las cuestiona. Continúa circulando por la A6 para llegar a Barcelona, aunque la autovía esté repleta de señales que le indican que ese no es el camino correcto.

Y no solo no contempla la posibilidad de estar equivocado, sino que además defiende sus creencias con uñas y dientes (algunos incluso son capaces de matar por ellas), porque las considera parte de su identidad y porque le proporcionan una falsa sensación de seguridad. Le asusta imaginar qué sería de él si se desprendiera de esas verdades absolutas que dirigen su vida y con las que se identifica.

Darnos cuenta de que ninguna creencia es una verdad absoluta sino tan solo una opinión o punto de vista susceptible de ser cambiado, nos lleva a la famosa conclusión de Sócrates: “SÓLO SÉ QUE NO SÉ NADA”, o lo que es lo mismo: “Ignoro por qué la vida es como es”, “No sé cómo deberían ser las cosas”, “Desconozco por qué estoy en este mundo”, “No tengo ni idea de cómo ser feliz” y “No sé, ni siquiera, qué es la felicidad”. Esto despierta en nuestro interior un estado de desencanto que no procede de no conseguir lo que deseamos o de querer más, sino de no saber lo que queremos.

Al principio es natural que ese estado nos resulte desconcertante, doloroso y aterrador, puesto que soltar las viejas creencias nos deja sin referencias y hace que nos sintamos vacíos, perdidos e inseguros, es como si de repente desapareciera el suelo sobre el que hemos estado pisando durante muchos años.

Sin embargo, será precisamente ese desencanto el que nos permitirá conectar con la sabiduría que habita en nosotros, descubrir las infinitas posibilidades que no percibíamos desde nuestro antiguo prisma, reconocer la abundancia de una vida perfectamente imperfecta, fluir con la existencia, aceptarnos a nosotros y a los demás, experimentar una alegría no condicionada a nada externo y confiar en la vida aunque a menudo no la entendamos.

Ser abiertos de mente, dudar de nuestras creencias y ser conscientes de nuestra propia ignorancia nos conduce a la sabiduría innata que todos atesoramos dentro. Sabiduría entendida no como el conocimiento que adquirimos del exterior y que hace al ser humano culto, sino como la serenidad que nace del interior y que convierte al hombre en sabio.

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¿POR QUÉ NO EXISTE LA IGUALDAD?

IGUALDAD

Hoy, como cada año, se celebran multitud de actos reivindicativos con motivo del Día Internacional de la Mujer. Si echamos la vista atrás, da la sensación de haber avanzado mucho, sin embargo, viendo este cartel de MANOS UNIDAS, resulta sorprendente que quede tanto camino por recorrer, no solo en cuanto al machismo, sino también en cuanto a la xenofobia, el clasismo, la homofobia…

Esto tiene mucho que ver con la gran confusión de valores que sufre la sociedad actual y que está en la base de toda división social. Si no se modifica la escala de valores, de poco servirán las manifestaciones, las luchas, las huelgas, las campañas o las ONG. Luchar contra los problemas de la humanidad no los resolverá, es como pretender que una casa deje de estar anegada achicando agua, pero sin arreglar la rotura de la tubería causante de la inundación. Si no vemos que el problema no es el agua, sino la tubería rota, la situación persistirá.

La tan perseguida igualdad de responsabilidades, de oportunidades y de derechos se daría de forma natural si todos valorásemos a las personas por ser seres humanos, estar vivos y por su capacidad de amar, por encima de la raza, el género, la nacionalidad, la clase social, la orientación sexual… Así, estos aspectos serían tan solo detalles que aportarían diversidad a la especie humana y que enriquecerían las relaciones personales.

Sin embargo, sucede lo contrario, destacamos los rasgos anecdóticos que nos diferencian por encima de lo que nos hacen iguales y humanos. En consecuencia, perdemos tiempo y energía comparándonos con otros, compitiendo, esforzándonos por demostrar que podemos hacer las mismas cosas que los demás y que valemos lo mismo (o más) que ellos. Esto implica que existan mejores-peores, buenos-malos, superiores-inferiores…, es decir, que se acentúen aún más las diferencias.

Buscar la igualdad desde la diferencia resulta bastante absurdo porque en lo superficial, afortunadamente, no somos iguales y nunca lo seremos. La vida sería muy aburrida si todos poseyéramos idénticos rasgos, habilidades y cualidades.

La lucha por la igualdad desde una perspectiva que pone la atención en lo trivial y que niega la auténtica igualdad del ser humano, podrá conseguir muchas mejoras pero no impedirá que sigan existiendo tiranteces, tensiones, conflictos, enfrentamientos...

Creemos que el mundo se cambia desde el exterior, que ha de ser el sistema el que establezca la paz, la justicia y la igualdad, así nosotros eludimos nuestra responsabilidad, sin embargo, la sensibilidad no puede despertarse por la fuerza.

Para que cualquier cambio sea auténtico y produzca los efectos esperados, ha de ser gestado desde dentro y no ser impuesto desde fuera, es decir, es necesaria una revolución interna e individual en nuestra forma de concebir al ser humano para que surja una transformación del sistema. De otro modo, sería como restaurar con una simple mano de pintura un mueble carcomido, su apariencia mejorará pero el interior seguirá dañado.

Supondría un instrumento esencial para un cambio real tomar consciencia de los valores sociales existentes, cuestionar su validez y transmitir a las futuras generaciones unos nuevos valores que contribuyan a alcanzar objetivos personales de felicidad (menos ansiedad,  resentimiento, depresión, frustración…) y sociales de integración (menos marginación, discriminación, confrontación, desigualdad…).

Frases como: “María, si te apasiona el fútbol, juega al fútbol” o “Juan, si te gusta el color rosa, ponte una camiseta de ese color”, no bastan para fomentar la igualdad, porque con ellas los niños se pierden en lo superficial. Se trata de trascender las diferencias insignificantes y de hacer ver a María y a Juan que son diferentes en muchos aspectos, que no tienen por qué ser iguales y que sus rasgos no les hacen mejores o peores personas. 

Es fundamental inculcar a los más pequeños que nos es importante que sean o no capaces de realizar exactamente las mismas cosas que los demás, que tengan gustos distintos o similares, que consigan o no los mismos logros o que posean habilidades diferentes o parecidas, que lo realmente importante es que tienen algo en común que les define como seres humanos y que les hace valiosos: su capacidad de apreciar la vida, de disfrutarla, de jugar, de compartir, de amar a los demás, de colaborar con ellos… 

Quizá algún día la sociedad esté formada por seres humanos íntegros, que no juzguen en su totalidad a los demás por aspectos concretos, que consideren y respeten a todos por igual, y que reconozcan a la humanidad como un todo, solo entonces emergerá una igualdad real y efectiva inspirada en la paz y el amor. Mientras no sea así, seguiremos luchando para conquistar una pseudoigualdad inspirada en la rabia y en la indignación, que pone el foco en las diferencias y que genera más desigualdad.

LAS EMOCIONES (2ª PARTE)

taller ingeligencia emocional

Decidir sentir abiertamente lo que sentimos en cada momento (por muy incómodo e intenso que sea), nos permite, al fin, abandonar la lucha contra las emociones que nos desagradan y, en consecuencia, dejar de buscar fuera de nosotros el modo de suprimirlas.

Desde la tranquilidad que proporciona esta decisión, podemos mirar hacia dentro e identificar las creencias que están detrás de esas emociones y transformarlas en otras nuevas creencias que generarán emociones mucho más suaves, por ejemplo, en lugar de sentir ansiedad, depresión, rabia o culpa, sentiremos inquietud, tristeza, enfado o pesar.

Saber esto, ponerlo en práctica y ser capaces de manejar nuestras emociones a través de la transformación de nuestros pensamientos, hace que nos sintamos contentos, orgullosos de nuestra evolución personal y, en cierto modo, también superiores a otras personas que no parecen haber alcanzado todavía nuestro nivel de “madurez emocional”.

Sin embargo, tarde o temprano, reaparecerá alguna de esas emociones tan temidas que creíamos superadas y comenzarán los reproches, los sentimientos de culpa y el autodesprecio: “¿Cómo es posible que me sienta así?”, “A estas alturas debería poder controlar mis emociones”, “Algo no debe estar bien en mí”, “Las personas psicológicamente sanas y equilibradas no sienten esto”, “Nunca conseguiré sentirme completamente bien”…

En este punto del proceso de desarrollo personal es frecuente el rechazo de determinadas emociones, no tanto por la incomodidad que suponen o por el miedo a vernos sobrepasados por su intensidad, como por la creencia de que sentirlas nos resta valía como personas, nos hace ser menos.

Caemos en la trampa del perfeccionismo emocional, o lo que es lo mismo, pensamos equivocadamente que somos mejores si nunca sentimos emociones “inadecuadas” como ansiedad, depresión, vergüenza, culpa, ira…, y que, por tanto, experimentarlas nos convierte en insuficientes, defectuosos o incompletos.

La aparición de estas emociones no demuestra que poseamos menos valor (la valía personal no radica en lo que hacemos, tenemos o sentimos), pero sí nos revela, por un lado, que hay algo en nuestro interior que pide ser atendido y, por otro lado, nos recuerda nuestra condición humana.

Cualquier emoción exagerada siempre es un aviso de que hay algún pensamiento irracional al que le estamos dando credibilidad, pese a no ser cierto. Esa emoción nos ofrece la oportunidad de revisar nuestro diálogo interno y de cambiarlo, de ahí la importancia de no rechazar las emociones y de estar atentos a lo que nos tienen que decir.

Así mismo, las emociones son una muestra de la naturaleza humana, la cual entraña la capacidad de sentir una inmensa variedad de emociones. NADIE, por mucho equilibro mental que tenga, está exento de sentir emociones, ya sean deseadas o indeseadas, aunque, como vimos en el post anterior, no necesitamos que sea de otra manera para estar en paz con nosotros, con los demás y con el mundo.

LAS EMOCIONES (1ª PARTE)

taller ingeligencia emocional

Cuando sentimos ansiedad, culpa, depresión, vergüenza, rabia, etc., deseamos dejar de sentir esas emociones porque creemos que son monstruos de siete cabezas que nos están amargando la vida y que si desaparecieran conseguiríamos ser felices. Incluso, hay quienes, cansados de sufrir, aseguran que les gustaría transformarse en seres sin sentimientos con tal de dejar de experimentar este tipo de emociones.

Sin embargo, lo que imposibilita la felicidad no son esas emociones, sino lo que pensamos acerca de ellas. Las emociones en sí mismas no tienen la capacidad de hacernos felices ni desgraciados.

Podemos vivir, por ejemplo, con ansiedad y ser felices, siempre y cuando consideremos la ansiedad como algo que, a pesar de ser bastante desagradable, incómodo e intenso, nos va a ofrecer la oportunidad de conocernos mejor y de crecer emocionalmente. Sin embargo, si la percibimos como algo horrible que no debería existir porque nos está arruinando la vida y no nos permite disfrutar de nada, le estaremos dando el poder de hacernos desdichados.

Si estamos convencidos de que llevar una piedrecita en el zapato nos impedirá dar un paseo o realizar nuestros quehaceres diarios, la molestia aumentará y nos resultará muy difícil caminar. En cambio, si la percibimos como una simple incomodidad, seguiremos haciendo nuestra vida e incluso llegará un momento en que dejaremos de notarla.

Tenemos tanto miedo a pasarlo mal que cuando aparece el indeseado malestar, lo ignoramos, luchamos para dejar de sentirlo o nos apresuramos a taparlo mediante conductas (trabajo, internet, teléfono móvil, sexo, compras…) y/o sustancias (fármacos, alcohol, tabaco…), que a menudo se acaban convirtiendo en adicciones. Anestesiar las emociones nos proporciona un alivio momentáneo, pero no logra acabar con ellas, todo lo contrario, las aumenta y perpetua, añadiendo además un nuevo problema de malos hábitos.

Así pues, es fundamental no luchar contra las emociones que nos desagradan, sino sentirlas, mirarlas de frente y atenderlas, para después identificar y desmontar aquellas creencias irracionales que las están generando. Una vez hecho esto, llegaremos a ese espacio de paz interior que todos tenemos dentro. No hay atajos, no podemos saltar por encima de las emociones, es preciso cruzarlas, aunque resulte doloroso, ya que son la puerta de entrada a nuestra calma interior.

No se trata, por tanto, de rechazar y extirpar las emociones indeseadas, puesto que dejaríamos de ser seres humanos, sino de perder el miedo a sentirlas. TODAS las emociones forman parte de la experiencia humana. No podemos apartar las que no nos gustan y quedarnos solo con las que son de nuestro agrado como si fueran ingredientes de una ensalada.

Alcanzaremos un estado de sosiego y tranquilidad NO cuando logremos deshacernos de las emociones negativas, sino cuando estemos dispuestos a sentirlas y a integrarlas en nuestra experiencia de vida.

FORMA vs ESENCIA

FORMA vs ESENCIA

¿Quién no ha deseado alguna vez ser de otra manera? Quizás más extravertido, más positivo, más seguro, más decidido, más asertivo…

¿Y quién no ha anhelado tener una vida distinta de la que tiene? Tal vez una vida en plena naturaleza, sin presión laboral, sin estrés, sin rígidos horarios, sin jefes…

El deseo de transformar nuestra forma de ser y nuestra forma de vida no tiene nada de malo, pero es importante saber para qué queremos cambiarlos y de donde nace ese deseo de cambio.

Imaginemos que soy una persona extremadamente tímida, incapaz de interactuar socialmente y que por eso me menosprecio, me considero inferior al resto e indigna de recibir amor. Creeré, por tanto, que necesito ser más extravertida para ser mejor, más valiosa y merecedora del afecto de los demás. En este caso, el cambio proviene del rechazo a mí misma y de la sensación de ser menos e insuficiente. Sin embargo, aunque me convierta en la persona más extravertida y amada del mundo, la sensación de escasez no desaparecerá, siempre necesitaré ser “mejor” y sentirme más querida.

Ahora supongamos que me acepto con mi introversión y me siento plena e igual de valiosa que cualquier otra persona. Soy feliz a pesar de mi timidez, pero eso no significa que no tenga deseos y, en concreto, puedo anhelar cultivar la amistad, aprenderé, entonces, a ser menos tímida para lograrlo. En este caso, el objetivo de cambiar mi forma de ser es tener amigos para compartir experiencias, intereses y cariño con ellos, pero no para que llenen ningún vacío puesto que ya me siento llena. El deseo de cambio nace de la aceptación, de la plenitud y de sentirme en paz conmigo misma.

De igual manera, si rechazo, por ejemplo, mi vida en la ciudad porque creo que es la causa de mi estrés o de mi ansiedad, y me traslado al campo con la esperanza de encontrar allí la felicidad, solo conseguiré estar exteriormente más tranquila, pero no con más tranquilidad interior. Lo cual me llevará a realizar nuevos y constantes cambios en mi vida con el propósito de que me hagan sentir realmente feliz, sin llegar nunca a lograrlo. Siempre me acompañará la impresión de no estar haciendo lo que debería hacer ni estar en el sitio en el que debería estar.

Por el contrario, si acepto, aunque no me guste, mi vida urbana, podré darle un giro porque me apetezca desarrollar una actividad vocacional en un medio rural, porque desee vivir más en contacto con la naturaleza o por cualquier otro motivo, pero nunca con la intención de que ese cambio me proporcione felicidad, ya que la aceptación me ha dado la tranquilidad interior que ni el campo ni cualquier otro entorno o situación me pueden dar.

La clave está en dar valor a nuestra esencia como seres humanos, que no es otra cosa que la capacidad de amar, a nosotros, a los demás y a la vida. Valorar la forma de nuestra esencia y de nuestra vida por encima de la esencia y de la vida en sí mismas, sería como decir que una galleta con forma de estrella es mejor que otra con forma de luna, cuando ambas están hechas de la misma masa. Lo valioso es la masa, o lo que es lo mismo, el ser y la vida, la forma es solo algo anecdótico que puede resultar muy útil a nivel práctico pero no tanto a nivel emocional.

El amor o aceptación incondicional a nosotros mismos y a la vida nos conducirá a un estado de paz interior que no alcanzaremos cambiando los aspectos que no nos gustan de nosotros o de nuestra existencia. Después, desde ese estado de serenidad, podremos realizar cuantos cambios deseemos porque nos resulten útiles para lograr nuestros objetivos o sencillamente porque nos apetezca, pero no porque pretendamos encontrar en ellos la felicidad.

 

 

 

FELICIDAD vs felicidad

FELICIDAD vs felicidad

“Tener un hijo es lo único bueno de la vida”, “Sin pareja la vida no merece la pena”, “La salud lo es todo”, “Si no trabajo en lo que me apasiona, nunca podré realizarme”, “No seré feliz hasta que en mi vida no haya tantos problemas”… Estos son algunos de los muchos pensamientos que surgen de la mente cuando delegamos en lo externo nuestra responsabilidad de ser felices. 

Un hijo, una pareja, la salud, un trabajo, la comodidad o cualquier otra cosa que se encuentre fuera de nosotros lo máximo que puede ofrecernos es una felicidad en minúsculas, muy pequeña, poco satisfactoria y que, tarde o temprano, quedará eclipsada por el miedo a perder el objeto de nuestra felicidad y por la decepción de no sentirnos completamente llenos, de hecho esa sensación de vacío será cada vez más acuciante. Es como si pretendemos calmar la sed bebiendo agua salada, no solo no nos saciaremos, sino que nos sentiremos cada vez más sedientos.

Por otro lado, la FELICIDAD con mayúsculas es cualitativamente distinta y solo puede provenir de nuestro interior. Lo que sucede es que, por lo general, únicamente conocemos la felicidad que procede de fuera. Confundimos los momentos de diversión, de entretenimiento, de distracción o de euforia con la FELICIDAD, por eso se dice a menudo que no es posible ser constantemente feliz y que la felicidad se compone de pequeños momentos. Sin embargo, la FELICIDAD no es una emoción, es un estado de paz, de silencio interior, de plenitud, que existe al margen de lo externo.

Independientemente de lo que esté ocurriendo en nuestra vida, ahora mismo podemos ser plenamente felices, no tenemos que conseguir nada ni tampoco cambiar ningún aspecto de nuestra vida. El único obstáculo que nos impide ser auténticamente felices somos nosotros mismos, porque nos contamos (y creemos) la historia de que no conseguiremos estar bien hasta que los demás cambien o nuestras circunstancias vitales mejoren.

Este preciso instante, al igual que cualquier otro, es perfecto para conectar con ese espacio interno de quietud que siempre nos acompaña y al que podemos acceder en cualquier momento y situación. Una vez instalados en ese estado de libertad y sosiego, podemos fijarnos cuantos objetivos vitales queramos con el único propósito de disfrutar del proceso y no con la esperanza de que los resultados deseados nos conduzcan a una FELICIDAD que ya experimentamos.

Un hijo, una pareja, el éxito profesional, el dinero, la salud, un físico agradable, unos estudios, una vida interesante o un trabajo vocacional, podrían ser algunos de los muchos objetivos susceptibles de proporcionarnos una gran satisfacción, pero incapaces de conectarnos con la auténtica FELICIDAD.

Es curioso que la mayoría de nosotros nos conformamos con pasar la vida persiguiendo un sucedáneo de felicidad que creemos que alcanzaremos cuando tengamos esto o lo otro, o más de esto o más de lo otro. Como se suele decir, preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer, en este caso, el sufrimiento que conlleva la búsqueda de la felicidad en lo externo es lo malo conocido y la FELICIDAD que todos llevamos dentro es lo bueno por conocer.

En definitiva, ser FELIZ o no serlo es una decisión personal, la única verdaderamente importante que tomamos en toda nuestra vida. Se trata de elegir si apostamos por una felicidad superficial, efímera e inseparable del sufrimiento o si nos permitimos mirar hacia nosotros mismos y abrirnos a una FELICIDAD profunda y duradera, desde la que experimentar una existencia mucho más plena.

AUTOESTIMA vs AAI

AUTOESTIMA VS AAIAutoestima y Autoaceptación Incondicional (AAI) son dos conceptos que, a pesar de hacer referencia a la valía de las personas, son completamente distintos.

La autoestima es el valor que nos atribuimos en función de lo que poseemos, de lo que hacemos y de la opinión que los demás tienen de nosotros. Por otro lado, la AAI basa el valor del ser humano en su capacidad inherente de amar la vida y a los demás.

Cada uno de nosotros elige, generalmente de manera inconsciente e influenciado por la sociedad, los valores en los que basa su valor como persona. Lo deseable sería que realizáramos dicha elección conscientemente y habiendo considerado antes las consecuencias que implica decantarse por unos u otros valores.

A continuación señalo algunas de esas consecuencias:

Autoestima. Nos queremos y valoramos únicamente si poseemos aquello en lo que basamos nuestro valor y, de la misma manera, nos odiamos si no lo tenemos.

AAI. Nos sentimos valiosos en todo momento sin altibajos emocionales, ya que lo que nos da valor y nos define como seres humanos es la capacidad de amar la vida y a los demás, y eso es algo permanente.

 

Autoestima. A partir de rasgos superficiales o de hechos concretos, nos tachamos de “buenos”, “dignos y “valiosos” o de “malos”, “indignos” y “sin valor”.

AAI. Juzgamos rasgos y comportamientos concretos positiva o negativamente, pero no a nosotros como persona.

 

Autoestima. Al compararnos globalmente con los demás a partir de aspectos concretos, unas veces nos sentimos superiores y otras inferiores.

AAI. Al compararnos con otros solo en aspectos específicos, nos sentimos siempre igual de valiosos, ni superiores ni inferiores. Además aprendemos de los que son mejores que nosotros en algo concreto con el fin mejorar en eso.

 

Autoestima. Implica un pensamiento rígido basado en exigencias: “Quiero obtener el reconocimiento de los demás, por tanto tengo que tenerlo, si no seré una persona indigna y sin valor”, “Debo hacerlo todo bien, de lo contrario seré un inútil”, “Necesito demostrar que soy inteligente, si no, no valgo nada”…

AAI. Conlleva un pensamiento flexible basado en preferencias: “Quiero conseguir el reconocimiento de los demás, pero si no lo obtengo no seré un ser despreciable”, “Me gustaría hacer todo bien, pero si me equivoco no significa que sea un inútil, solo demuestra que soy falible como el resto de seres humanos”, “Estaría bien ser inteligente, aunque si fuera tonto no me restaría valor”…

 

Autoestima. Aceptarnos solo si reunimos determinadas condiciones no es funcional, puesto que hace que nos sintamos mal (ansiedad, depresión, ira, culpa, vergüenza, autodesprecio…) y que nuestras conductas sean destructivas y autoderrotistas (abandonar, evitar, posponer, drogarse, agredir…).

AAI. Aceptarnos sin condiciones contribuye a que nos perturbemos menos y a que llevemos a cabo comportamientos constructivos y productivos para alcanzar nuestras metas y objetivos (no evitar, afrontar sin pánico, no abandonar…).

 

Autoestima. Nos mostramos inseguros y menos eficaces en situaciones en las que creemos que nuestra valía está en juego debido a que nuestra atención se divide entre lo que estamos haciendo y el resultado que deseamos obtener.

AAI. Nos sentimos más seguros y conseguimos mayor eficacia en cualquier situación porque centramos toda nuestra atención en disfrutar de lo que hacemos, pasando el resultado a un segundo plano.

 

Autoestima. Fomenta la resignación. Ante una conducta negativa, nos tachamos de “inútiles”, nos culpamos y nos castigamos. Eso hace que nos quedemos atrapados en el autodesprecio y que no intentemos hacerlo mejor en futuras ocasiones. Seguiremos actuando de esa misma manera porque al etiquetarnos descartamos la posibilidad de cambio. Si actúo mal, soy malo, en consecuencia ¿qué podemos esperar de una persona mala? Que siempre se comporte de forma malvada.

AAI. Conduce a la acción constructiva, no a la resignación. Frente a una conducta negativa, analizaremos por qué nos hemos comportado así, asumiremos nuestra responsabilidad sin culparnos ni castigarnos, e intentaremos aprender para no repetir esa conducta en un futuro. Mi comportamiento ha sido reprobable, pero no yo como persona, por tanto, puedo hacer lo posible para que eso no vuelva a suceder.

 

Autoestima. Nos impide ser nosotros mismos, porque siempre estamos pendientes de demostrar que somos alguien valioso.

AAI. Nos permite ser más honestos y mostrarnos  ante los demás tal y como somos.

 

Autoestima. Más perturbación secundaria. No nos aceptamos con emociones negativas insanas: “No debería sentir ansiedad, depresión, ira…, las personas normales no tienen este tipo de emociones”.

AAI. Menos perturbación secundaria. Nos aceptamos incluso con emociones negativas insanas porque entendemos que no somos perfectos: “Preferiría no sentir ansiedad, depresión, ira…, pero eso no me convierte en una persona débil e inferior a los demás”.

 

Autoestima. No es factible realizar una valoración exacta de una persona en función de rasgos y comportamientos concretos, porque habría que considerar todos y cada uno de ellos y siempre se nos escaparía alguno. Además, las personas estamos en continuo cambio y sería necesario rehacer dicha valoración constantemente para determinar si la persona es “buena” o “mala” en su totalidad.

AAI. Es posible realizar una valoración de la persona por el hecho de ser un ser humano, de estar viva y de su capacidad de amar la vida. Es un valor que permanece inalterable desde su nacimiento hasta su muerte.

 

Autoestima. Los valores sobre los que se sustenta la autoestima generan insatisfacción, vacío y sensación de estar incompletos. Nada de lo que consigamos será bastante, siempre necesitaremos más y nunca conseguiremos sentirnos realizados.

AAI. Establecer como valores principales el amor por la vida y la capacidad de disfrutar de las oportunidades que tenemos a nuestro alcance, nos proporciona plenitud. De este modo, no necesitamos desesperadamente lograr nada para sentirnos satisfechos, llenos y suficientes.

 

Autoestima. No favorece las relaciones con los demás, porque si somos rígidos y exigentes con nosotros mismos también nos mostraremos intolerantes con los demás.

AAI. Propicia relaciones sin exigencias y, por tanto, más sanas, puesto que comprendemos que todos somos seres falibles.

 

Autoestima. Necesitar el amor de nuestro entorno para sentir que valemos algo, hace que nos comportemos de manera servil abandonando en muchas ocasiones nuestros intereses.

AAI. No necesitar la aprobación ajena para tener valor evita que seamos excesivamente complacientes con los demás, pudiéndonos centrar así en nuestros objetivos y preferencias.

 

Autoestima. Dejamos nuestro estado emocional en manos de los demás, sintiéndonos felices con sus halagos y profundamente desdichados con sus críticas.

AAI. Asumimos la responsabilidad de nuestra propia felicidad, lo cual nos hace emocionalmente más independientes. Relativizamos los elogios que recibimos y encajamos mejor los comentarios negativos.

 

Autoestima. Dar excesiva importancia a aspectos poco importantes y superficiales (raza, religión, cualidades…), dificulta y empobrece nuestras relaciones personales.

AAI. Dar prioridad a la capacidad de amar por encima de otros valores, hace que los rasgos que nos diferencian de los demás sirvan para enriquecer nuestras relaciones y no para obstaculizarlas.

 

Autoestima. Malgastamos mucho tiempo y energía tratando de crear una imagen socialmente aceptable.

AAI. Dedicamos todos nuestros recursos a hacer cosas provechosas e interesantes.

Es cierto que esta sociedad neurótica en la que vivimos trata de transmitirnos que para ser personas valiosas debemos alcanzar determinados logros, tener unas cualidades concretas o conseguir el reconocimiento de los demás, pero no hay que olvidar que, como he señalado anteriormente, se trata solo una opción y que nosotros somos los que decidimos aceptar esos criterios para determinar nuestra valía personal o si preferimos reconocernos como seres con valor por el hecho de estar vivos, con derecho a ser imperfectos y con capacidad para amar y disfrutar de la vida. ¿Tú qué eliges?

 

EL PERFECCIONISMO EMOCIONAL

PERFECCIONISMO EMOCIONAL

Si en alguna ocasión habéis confesado a alguien cercano un miedo o una debilidad que tenéis, muy probablemente su respuesta haya sido: “Uy, pues eso no puede ser, tienes que hacer algo para superar ese miedo”.

¿Dónde está escrito que no podamos tener miedos? ¿Por qué no nos permitimos ningún resquicio de temor, inseguridad o perturbación emocional? ¿No nos basta con autoexigirnos un cuerpo escultural, un magnífico trabajo, muchos amigos, una vida interesante, buena salud física, inteligencia, imagen intachable, pareja, hijos, una casa fantástica….? Parece que no es suficiente, también nos exigimos estar siempre anímicamente bien, es decir, de buen humor, alegres, sin malos rollos, sin preocupaciones, con ganas de hacer cosas…

Una cosa es desear alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento, y otra muy distinta imponernos como obligación no sufrir nunca ningún tipo de alteración emocional. Esta es una meta perfeccionista y, por tanto, inalcanzable, ya que el sufrimiento forma parte de la condición humana. Nadie, por muy fuerte que sea emocionalmente, está exento de experimentar en algún momento de su vida malestar emocional. De la misma manera que alguien con una salud de hierro tampoco está totalmente libre de contraer una enfermedad en un momento dado.

Para abordar este asunto, lo primero que tenemos que hacer es aceptarnos y, en consecuencia, querernos tal y como somos, no querer cambiar ni mejorar nada de nosotros, porque ya estamos bien así, no necesitamos ser de otra manera para ser felices. Por tanto, no debemos renegar de nuestros defectos, fallos, carencias, neuras, emociones perturbadoras…, ni luchar contra ellos, porque de sobra es sabido que a lo que te resistes, persiste. Y tampoco tenemos que autodespreciarnos por no ser perfectos, nadie lo es ni falta que hace para disfrutar de la vida.

Una vez que dejamos de juzgarnos con dureza y aceptamos como parte de nosotros todo aquello que no nos gusta, podemos considerar la posibilidad de hacer algo para cambiarlo o podemos dejarlo estar.

Supongamos, por ejemplo, que un amigo de Pepe le pide a éste dinero prestado, pasa el tiempo y no se lo devuelve. Pepe, que no se caracteriza precisamente por ser asertivo, no se lo reclama y siente rabia hacia su amigo por no haberle devuelto el dinero (“¡Qué caradura! Es un impresentable. Debería haberme devuelto el dinero”), pero está más furioso aun consigo mismo por no haber sido capaz de pedirle el dinero prestado (“¡Soy un completo imbécil! He perdido mi dinero, con la falta que me hace. Debería haberme atrevido a pedírselo”).

Si Pepe se acepta de manera incondicional con su falta de asertividad, dejará de castigarse y de mortificarse por ello. Después, desde la tranquilidad, podrá optar por trabajar las creencias irracionales que interfieren a la hora de expresar sus opiniones, deseos o sentimientos, o podrá continuar siendo una persona poco asertiva, puesto que es un defecto que tiene aceptado y que no le impide ser feliz.

De todas formas, si una vez aceptada su falta de asertividad, Pepe decide tratarla y superarla hasta convertirse en el ser humano más asertivo del planeta, y también consiguiese, cosa poco probable, vencer el resto de sus neuras, eso no le haría ni más feliz ni más valioso, porque tener mucha fortaleza emocional es como tener un físico espectacular, no es más feliz el que más se acerca a la perfección física o mental, sino el que se acepta con sus imperfecciones y no necesita ser diferente de como es.

Es peor el sufrimiento que produce el hecho de no aceptarnos como seres emocionalmente imperfectos llenos de inseguridades y neuras, que el que nos generan las propias neuras. Por ejemplo, si tenemos miedo a volar sufrimos más por exigirnos no tener esa fobia (“No debería tener este miedo, las personas normales no sienten pánico al coger un avión, algo no funciona en mí…”), que por el malestar que nos causa la fobia en sí misma (“Sería terrible morir en un accidente aéreo”). No aceptar nuestras debilidades emocionales añade sufrimiento al sufrimiento.

En definitiva, el camino de la aceptación nos conduce a la plenitud y a la serenidad, mientras que el camino de la perfección, lejos de acercarnos a la felicidad, nos distancia cada vez más de ella, ya que perseguir algo tan inalcanzable como la perfección, además de resultar agotador, produce frustración, insatisfacción y vacío.

LA SOLEDAD: LA SEMILLA PARA LA PAZ INTERIOR

SOLEDADEn nuestro día a día necesitamos a los demás para un sinfín cosas: para que fabriquen los teléfonos que utilizamos, para que nos lleven en avión, para que nos intervengan quirúrgicamente, para que nos faciliten los alimentos que comemos, para que construyan las casas en las que vivimos, etc., etc. En cambio, para alcanzar el bienestar emocional, no solo no necesitamos a nadie, sino que la soledad se hace imprescindible.

Con esto me refiero a que únicamente cada uno de nosotros en un estado de recogimiento y soledad puede despertar su amor por la vida, comprometerse a vivirla con pasión, implicarse en el momento presente, apreciar la existencia, no quejarse de nimiedades, disfrutar intensamente de las pequeñas cosas y ser consciente de que en su interior ya tiene todo para ser feliz.  ¿Cómo podría alguien hacer todo esto por nosotros?

No hay por qué tenerle miedo a la soledad, sino todo lo contrario, abrazarla nos permitirá además de descansar el cuerpo y la mente, desarrollar nuestra creatividad. Pero lo más importante es que si le damos la bienvenida aflorará en nosotros el estado natural del ser humano, que no es otro que el de tranquilidad, serenidad y armonía.

Paradójicamente, en ese estado de sosiego el sentimiento de soledad desaparece. Es posible que de manera puntual echemos de menos a alguien en concreto, pero no nos deprimiremos porque esa persona no esté a nuestro lado, ya que sabemos que la plenitud procede de nuestro interior y que, por tanto, no nos la podrá proporcionar ni la mejor de las compañías. Esto no significa que despreciemos lo que los demás pueden ofrecernos: afecto, apoyo, complicidad, colaboración, amistad…, sino simplemente que no lo necesitamos para ser felices.

Si, por el contrario, percibimos la soledad como algo terrible de lo que es preciso escapar, perseguiremos desesperadamente la compañía de otros para mitigar nuestra sensación de soledad y vacío, sin embargo, esto no solo no nos aportará la plenitud que buscamos, sino que nos alejará de ella, porque cada vez estaremos más ansiosos, insatisfechos, vacíos, con miedo a ser abandonados y con la sensación de no ser suficientemente queridos y valorados por los demás.

Es innegable lo reconfortante que resulta estar rodeados de una estupenda familia y de unos buenos amigos con los que compartir nuestro tiempo de ocio, nuestras penas, nuestra alegrías…,  pero por muy maravillosos que sean, nunca conseguirán hacernos felices si no lo somos ya. Cada uno debe asumir la responsabilidad de sentirse bien y no delegarla en los demás, porque no olvidemos que nadie tiene el poder de hacer feliz a nadie, por mucho empeño que ponga en ello.

Así pues, todos y cada uno de nosotros estamos solos en el camino hacia la paz interior, no puede ser de otra manera. Tal vez nos guíe un psicólogo o determinadas lecturas, o quizá lo recorramos junto a otras personas que también se encuentren en un proceso de crecimiento personal pero, en cualquier caso, es un viaje interior que nadie puede hacer por nosotros y que tiene su punto de partida en el estado de soledad.

Por tanto, veamos la soledad no como algo negativo que hay que intentar erradicar de nuestra vida a través del contacto con otras personas, sino como algo positivo y necesario que hay que trascender para alcanzar el más fascinante de todos los propósitos vitales: la paz interior.

UNA BONITA HISTORIA

UNA BONITA HISTORIA

Cuatro almas se iban a encarnar y Dios se reúne con ellas para preguntarles qué quieren para su próxima vida. Una de ellas se apresura y responde:

-Lo que yo quiero, Señor, es poder, mucho poder. Me gustaría ser una de las personas más poderosas del mundo.

Otra dice:

-Lo que a mí me gustaría es tener mucho dinero, muchas riquezas. Sí, ser enormemente rico.

Otra alma asegura:

-Yo quiero, Señor, poder recorrer todos los rincones de la tierra y conocer muchos países y sus gentes. Viajar constantemente y desplazarme hasta los confines de la tierra.

La cuarta alma se queda silenciosa y cuando Dios le pregunta si no quiere nada, le contesta:

-Lo que yo deseo, lo único, Señor, es tener una buena mente, una mente amiga. Si no me das una buena mente, ¿para qué me serviría todo lo demás?