FORMA vs ESENCIA

FORMA vs ESENCIA

¿Quién no ha deseado alguna vez ser de otra manera? Quizás más extravertido, más positivo, más seguro, más decidido, más asertivo…

¿Y quién no ha anhelado tener una vida distinta de la que tiene? Tal vez una vida en plena naturaleza, sin presión laboral, sin estrés, sin rígidos horarios, sin jefes…

El deseo de transformar nuestra forma de ser y nuestra forma de vida no tiene nada de malo, pero es importante saber para qué queremos cambiarlos y de donde nace ese deseo de cambio.

Imaginemos que soy una persona extremadamente tímida, incapaz de interactuar socialmente y que por eso me menosprecio, me considero inferior al resto e indigna de recibir amor. Creeré, por tanto, que necesito ser más extravertida para ser mejor, más valiosa y merecedora del afecto de los demás. En este caso, el cambio proviene del rechazo a mí misma y de la sensación de ser menos e insuficiente. Sin embargo, aunque me convierta en la persona más extravertida y amada del mundo, la sensación de escasez no desaparecerá, siempre necesitaré ser “mejor” y sentirme más querida.

Ahora supongamos que me acepto con mi introversión y me siento plena e igual de valiosa que cualquier otra persona. Soy feliz a pesar de mi timidez, pero eso no significa que no tenga deseos y, en concreto, puedo anhelar cultivar la amistad, aprenderé, entonces, a ser menos tímida para lograrlo. En este caso, el objetivo de cambiar mi forma de ser es tener amigos para compartir experiencias, intereses y cariño con ellos, pero no para que llenen ningún vacío puesto que ya me siento llena. El deseo de cambio nace de la aceptación, de la plenitud y de sentirme en paz conmigo misma.

De igual manera, si rechazo, por ejemplo, mi vida en la ciudad porque creo que es la causa de mi estrés o de mi ansiedad, y me traslado al campo con la esperanza de encontrar allí la felicidad, solo conseguiré estar exteriormente más tranquila, pero no con más tranquilidad interior. Lo cual me llevará a realizar nuevos y constantes cambios en mi vida con el propósito de que me hagan sentir realmente feliz, sin llegar nunca a lograrlo. Siempre me acompañará la impresión de no estar haciendo lo que debería hacer ni estar en el sitio en el que debería estar.

Por el contrario, si acepto, aunque no me guste, mi vida urbana, podré darle un giro porque me apetezca desarrollar una actividad vocacional en un medio rural, porque desee vivir más en contacto con la naturaleza o por cualquier otro motivo, pero nunca con la intención de que ese cambio me proporcione felicidad, ya que la aceptación me ha dado la tranquilidad interior que ni el campo ni cualquier otro entorno o situación me pueden dar.

La clave está en dar valor a nuestra esencia como seres humanos, que no es otra cosa que la capacidad de amar, a nosotros, a los demás y a la vida. Valorar la forma de nuestra esencia y de nuestra vida por encima de la esencia y de la vida en sí mismas, sería como decir que una galleta con forma de estrella es mejor que otra con forma de luna, cuando ambas están hechas de la misma masa. Lo valioso es la masa, o lo que es lo mismo, el ser y la vida, la forma es solo algo anecdótico que puede resultar muy útil a nivel práctico pero no tanto a nivel emocional.

El amor o aceptación incondicional a nosotros mismos y a la vida nos conducirá a un estado de paz interior que no alcanzaremos cambiando los aspectos que no nos gustan de nosotros o de nuestra existencia. Después, desde ese estado de serenidad, podremos realizar cuantos cambios deseemos porque nos resulten útiles para lograr nuestros objetivos o sencillamente porque nos apetezca, pero no porque pretendamos encontrar en ellos la felicidad.

 

 

 

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FELICIDAD vs felicidad

FELICIDAD vs felicidad

“Tener un hijo es lo único bueno de la vida”, “Sin pareja la vida no merece la pena”, “La salud lo es todo”, “Si no trabajo en lo que me apasiona, nunca podré realizarme”, “No seré feliz hasta que en mi vida no haya tantos problemas”… Estos son algunos de los muchos pensamientos que surgen de la mente cuando delegamos en lo externo nuestra responsabilidad de ser felices. 

Un hijo, una pareja, la salud, un trabajo, la comodidad o cualquier otra cosa que se encuentre fuera de nosotros lo máximo que puede ofrecernos es una felicidad en minúsculas, muy pequeña, poco satisfactoria y que, tarde o temprano, quedará eclipsada por el miedo a perder el objeto de nuestra felicidad y por la decepción de no sentirnos completamente llenos, de hecho esa sensación de vacío será cada vez más acuciante. Es como si pretendemos calmar la sed bebiendo agua salada, no solo no nos saciaremos, sino que nos sentiremos cada vez más sedientos.

Por otro lado, la FELICIDAD con mayúsculas es cualitativamente distinta y solo puede provenir de nuestro interior. Lo que sucede es que, por lo general, únicamente conocemos la felicidad que procede de fuera. Confundimos los momentos de diversión, de entretenimiento, de distracción o de euforia con la FELICIDAD, por eso se dice a menudo que no es posible ser constantemente feliz y que la felicidad se compone de pequeños momentos. Sin embargo, la FELICIDAD no es una emoción, es un estado de paz, de silencio interior, de plenitud, que existe al margen de lo externo.

Independientemente de lo que esté ocurriendo en nuestra vida, ahora mismo podemos ser plenamente felices, no tenemos que conseguir nada ni tampoco cambiar ningún aspecto de nuestra vida. El único obstáculo que nos impide ser auténticamente felices somos nosotros mismos, porque nos contamos (y creemos) la historia de que no conseguiremos estar bien hasta que los demás cambien o nuestras circunstancias vitales mejoren.

Este preciso instante, al igual que cualquier otro, es perfecto para conectar con ese espacio interno de quietud que siempre nos acompaña y al que podemos acceder en cualquier momento y situación. Una vez instalados en ese estado de libertad y sosiego, podemos fijarnos cuantos objetivos vitales queramos con el único propósito de disfrutar del proceso y no con la esperanza de que los resultados deseados nos conduzcan a una FELICIDAD que ya experimentamos.

Un hijo, una pareja, el éxito profesional, el dinero, la salud, un físico agradable, unos estudios, una vida interesante o un trabajo vocacional, podrían ser algunos de los muchos objetivos susceptibles de proporcionarnos una gran satisfacción, pero incapaces de conectarnos con la auténtica FELICIDAD.

Es curioso que la mayoría de nosotros nos conformamos con pasar la vida persiguiendo un sucedáneo de felicidad que creemos que alcanzaremos cuando tengamos esto o lo otro, o más de esto o más de lo otro. Como se suele decir, preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer, en este caso, el sufrimiento que conlleva la búsqueda de la felicidad en lo externo es lo malo conocido y la FELICIDAD que todos llevamos dentro es lo bueno por conocer.

En definitiva, ser FELIZ o no serlo es una decisión personal, la única verdaderamente importante que tomamos en toda nuestra vida. Se trata de elegir si apostamos por una felicidad superficial, efímera e inseparable del sufrimiento o si nos permitimos mirar hacia nosotros mismos y abrirnos a una FELICIDAD profunda y duradera, desde la que experimentar una existencia mucho más plena.

AUTOESTIMA vs AAI

AUTOESTIMA VS AAIAutoestima y Autoaceptación Incondicional (AAI) son dos conceptos que, a pesar de hacer referencia a la valía de las personas, son completamente distintos.

La autoestima es el valor que nos atribuimos en función de lo que poseemos, de lo que hacemos y de la opinión que los demás tienen de nosotros. Por otro lado, la AAI basa el valor del ser humano en su capacidad inherente de amar la vida y a los demás.

Cada uno de nosotros elige, generalmente de manera inconsciente e influenciado por la sociedad, los valores en los que basa su valor como persona. Lo deseable sería que realizáramos dicha elección conscientemente y habiendo considerado antes las consecuencias que implica decantarse por unos u otros valores.

A continuación señalo algunas de esas consecuencias:

Autoestima. Nos queremos y valoramos únicamente si poseemos aquello en lo que basamos nuestro valor y, de la misma manera, nos odiamos si no lo tenemos.

AAI. Nos sentimos valiosos en todo momento sin altibajos emocionales, ya que lo que nos da valor y nos define como seres humanos es la capacidad de amar la vida y a los demás, y eso es algo permanente.

 

Autoestima. A partir de rasgos superficiales o de hechos concretos, nos tachamos de “buenos”, “dignos y “valiosos” o de “malos”, “indignos” y “sin valor”.

AAI. Juzgamos rasgos y comportamientos concretos positiva o negativamente, pero no a nosotros como persona.

 

Autoestima. Al compararnos globalmente con los demás a partir de aspectos concretos, unas veces nos sentimos superiores y otras inferiores.

AAI. Al compararnos con otros solo en aspectos específicos, nos sentimos siempre igual de valiosos, ni superiores ni inferiores. Además aprendemos de los que son mejores que nosotros en algo concreto con el fin mejorar en eso.

 

Autoestima. Implica un pensamiento rígido basado en exigencias: “Quiero obtener el reconocimiento de los demás, por tanto tengo que tenerlo, si no seré una persona indigna y sin valor”, “Debo hacerlo todo bien, de lo contrario seré un inútil”, “Necesito demostrar que soy inteligente, si no, no valgo nada”…

AAI. Conlleva un pensamiento flexible basado en preferencias: “Quiero conseguir el reconocimiento de los demás, pero si no lo obtengo no seré un ser despreciable”, “Me gustaría hacer todo bien, pero si me equivoco no significa que sea un inútil, solo demuestra que soy falible como el resto de seres humanos”, “Estaría bien ser inteligente, aunque si fuera tonto no me restaría valor”…

 

Autoestima. Aceptarnos solo si reunimos determinadas condiciones no es funcional, puesto que hace que nos sintamos mal (ansiedad, depresión, ira, culpa, vergüenza, autodesprecio…) y que nuestras conductas sean destructivas y autoderrotistas (abandonar, evitar, posponer, drogarse, agredir…).

AAI. Aceptarnos sin condiciones contribuye a que nos perturbemos menos y a que llevemos a cabo comportamientos constructivos y productivos para alcanzar nuestras metas y objetivos (no evitar, afrontar sin pánico, no abandonar…).

 

Autoestima. Nos mostramos inseguros y menos eficaces en situaciones en las que creemos que nuestra valía está en juego debido a que nuestra atención se divide entre lo que estamos haciendo y el resultado que deseamos obtener.

AAI. Nos sentimos más seguros y conseguimos mayor eficacia en cualquier situación porque centramos toda nuestra atención en disfrutar de lo que hacemos, pasando el resultado a un segundo plano.

 

Autoestima. Fomenta la resignación. Ante una conducta negativa, nos tachamos de “inútiles”, nos culpamos y nos castigamos. Eso hace que nos quedemos atrapados en el autodesprecio y que no intentemos hacerlo mejor en futuras ocasiones. Seguiremos actuando de esa misma manera porque al etiquetarnos descartamos la posibilidad de cambio. Si actúo mal, soy malo, en consecuencia ¿qué podemos esperar de una persona mala? Que siempre se comporte de forma malvada.

AAI. Conduce a la acción constructiva, no a la resignación. Frente a una conducta negativa, analizaremos por qué nos hemos comportado así, asumiremos nuestra responsabilidad sin culparnos ni castigarnos, e intentaremos aprender para no repetir esa conducta en un futuro. Mi comportamiento ha sido reprobable, pero no yo como persona, por tanto, puedo hacer lo posible para que eso no vuelva a suceder.

 

Autoestima. Nos impide ser nosotros mismos, porque siempre estamos pendientes de demostrar que somos alguien valioso.

AAI. Nos permite ser más honestos y mostrarnos  ante los demás tal y como somos.

 

Autoestima. Más perturbación secundaria. No nos aceptamos con emociones negativas insanas: “No debería sentir ansiedad, depresión, ira…, las personas normales no tienen este tipo de emociones”.

AAI. Menos perturbación secundaria. Nos aceptamos incluso con emociones negativas insanas porque entendemos que no somos perfectos: “Preferiría no sentir ansiedad, depresión, ira…, pero eso no me convierte en una persona débil e inferior a los demás”.

 

Autoestima. No es factible realizar una valoración exacta de una persona en función de rasgos y comportamientos concretos, porque habría que considerar todos y cada uno de ellos y siempre se nos escaparía alguno. Además, las personas estamos en continuo cambio y sería necesario rehacer dicha valoración constantemente para determinar si la persona es “buena” o “mala” en su totalidad.

AAI. Es posible realizar una valoración de la persona por el hecho de ser un ser humano, de estar viva y de su capacidad de amar la vida. Es un valor que permanece inalterable desde su nacimiento hasta su muerte.

 

Autoestima. Los valores sobre los que se sustenta la autoestima generan insatisfacción, vacío y sensación de estar incompletos. Nada de lo que consigamos será bastante, siempre necesitaremos más y nunca conseguiremos sentirnos realizados.

AAI. Establecer como valores principales el amor por la vida y la capacidad de disfrutar de las oportunidades que tenemos a nuestro alcance, nos proporciona plenitud. De este modo, no necesitamos desesperadamente lograr nada para sentirnos satisfechos, llenos y suficientes.

 

Autoestima. No favorece las relaciones con los demás, porque si somos rígidos y exigentes con nosotros mismos también nos mostraremos intolerantes con los demás.

AAI. Propicia relaciones sin exigencias y, por tanto, más sanas, puesto que comprendemos que todos somos seres falibles.

 

Autoestima. Necesitar el amor de nuestro entorno para sentir que valemos algo, hace que nos comportemos de manera servil abandonando en muchas ocasiones nuestros intereses.

AAI. No necesitar la aprobación ajena para tener valor evita que seamos excesivamente complacientes con los demás, pudiéndonos centrar así en nuestros objetivos y preferencias.

 

Autoestima. Dejamos nuestro estado emocional en manos de los demás, sintiéndonos felices con sus halagos y profundamente desdichados con sus críticas.

AAI. Asumimos la responsabilidad de nuestra propia felicidad, lo cual nos hace emocionalmente más independientes. Relativizamos los elogios que recibimos y encajamos mejor los comentarios negativos.

 

Autoestima. Dar excesiva importancia a aspectos poco importantes y superficiales (raza, religión, cualidades…), dificulta y empobrece nuestras relaciones personales.

AAI. Dar prioridad a la capacidad de amar por encima de otros valores, hace que los rasgos que nos diferencian de los demás sirvan para enriquecer nuestras relaciones y no para obstaculizarlas.

 

Autoestima. Malgastamos mucho tiempo y energía tratando de crear una imagen socialmente aceptable.

AAI. Dedicamos todos nuestros recursos a hacer cosas provechosas e interesantes.

Es cierto que esta sociedad neurótica en la que vivimos trata de transmitirnos que para ser personas valiosas debemos alcanzar determinados logros, tener unas cualidades concretas o conseguir el reconocimiento de los demás, pero no hay que olvidar que, como he señalado anteriormente, se trata solo una opción y que nosotros somos los que decidimos aceptar esos criterios para determinar nuestra valía personal o si preferimos reconocernos como seres con valor por el hecho de estar vivos, con derecho a ser imperfectos y con capacidad para amar y disfrutar de la vida. ¿Tú qué eliges?

 

EL PERFECCIONISMO EMOCIONAL

PERFECCIONISMO EMOCIONAL

Si en alguna ocasión habéis confesado a alguien cercano un miedo o una debilidad que tenéis, muy probablemente su respuesta haya sido: “Uy, pues eso no puede ser, tienes que hacer algo para superar ese miedo”.

¿Dónde está escrito que no podamos tener miedos? ¿Por qué no nos permitimos ningún resquicio de temor, inseguridad o perturbación emocional? ¿No nos basta con autoexigirnos un cuerpo escultural, un magnífico trabajo, muchos amigos, una vida interesante, buena salud física, inteligencia, imagen intachable, pareja, hijos, una casa fantástica….? Parece que no es suficiente, también nos exigimos estar siempre anímicamente bien, es decir, de buen humor, alegres, sin malos rollos, sin preocupaciones, con ganas de hacer cosas…

Una cosa es desear alcanzar la felicidad y evitar el sufrimiento, y otra muy distinta imponernos como obligación no sufrir nunca ningún tipo de alteración emocional. Esta es una meta perfeccionista y, por tanto, inalcanzable, ya que el sufrimiento forma parte de la condición humana. Nadie, por muy fuerte que sea emocionalmente, está exento de experimentar en algún momento de su vida malestar emocional. De la misma manera que alguien con una salud de hierro tampoco está totalmente libre de contraer una enfermedad en un momento dado.

Para abordar este asunto, lo primero que tenemos que hacer es aceptarnos y, en consecuencia, querernos tal y como somos, no querer cambiar ni mejorar nada de nosotros, porque ya estamos bien así, no necesitamos ser de otra manera para ser felices. Por tanto, no debemos renegar de nuestros defectos, fallos, carencias, neuras, emociones perturbadoras…, ni luchar contra ellos, porque de sobra es sabido que a lo que te resistes, persiste. Y tampoco tenemos que autodespreciarnos por no ser perfectos, nadie lo es ni falta que hace para disfrutar de la vida.

Una vez que dejamos de juzgarnos con dureza y aceptamos como parte de nosotros todo aquello que no nos gusta, podemos considerar la posibilidad de hacer algo para cambiarlo o podemos dejarlo estar.

Supongamos, por ejemplo, que un amigo de Pepe le pide a éste dinero prestado, pasa el tiempo y no se lo devuelve. Pepe, que no se caracteriza precisamente por ser asertivo, no se lo reclama y siente rabia hacia su amigo por no haberle devuelto el dinero (“¡Qué caradura! Es un impresentable. Debería haberme devuelto el dinero”), pero está más furioso aun consigo mismo por no haber sido capaz de pedirle el dinero prestado (“¡Soy un completo imbécil! He perdido mi dinero, con la falta que me hace. Debería haberme atrevido a pedírselo”).

Si Pepe se acepta de manera incondicional con su falta de asertividad, dejará de castigarse y de mortificarse por ello. Después, desde la tranquilidad, podrá optar por trabajar las creencias irracionales que interfieren a la hora de expresar sus opiniones, deseos o sentimientos, o podrá continuar siendo una persona poco asertiva, puesto que es un defecto que tiene aceptado y que no le impide ser feliz.

De todas formas, si una vez aceptada su falta de asertividad, Pepe decide tratarla y superarla hasta convertirse en el ser humano más asertivo del planeta, y también consiguiese, cosa poco probable, vencer el resto de sus neuras, eso no le haría ni más feliz ni más valioso, porque tener mucha fortaleza emocional es como tener un físico espectacular, no es más feliz el que más se acerca a la perfección física o mental, sino el que se acepta con sus imperfecciones y no necesita ser diferente de como es.

Es peor el sufrimiento que produce el hecho de no aceptarnos como seres emocionalmente imperfectos llenos de inseguridades y neuras, que el que nos generan las propias neuras. Por ejemplo, si tenemos miedo a volar sufrimos más por exigirnos no tener esa fobia (“No debería tener este miedo, las personas normales no sienten pánico al coger un avión, algo no funciona en mí…”), que por el malestar que nos causa la fobia en sí misma (“Sería terrible morir en un accidente aéreo”). No aceptar nuestras debilidades emocionales añade sufrimiento al sufrimiento.

En definitiva, el camino de la aceptación nos conduce a la plenitud y a la serenidad, mientras que el camino de la perfección, lejos de acercarnos a la felicidad, nos distancia cada vez más de ella, ya que perseguir algo tan inalcanzable como la perfección, además de resultar agotador, produce frustración, insatisfacción y vacío.

LA SOLEDAD: LA SEMILLA PARA LA PAZ INTERIOR

SOLEDADEn nuestro día a día necesitamos a los demás para un sinfín cosas: para que fabriquen los teléfonos que utilizamos, para que nos lleven en avión, para que nos intervengan quirúrgicamente, para que nos faciliten los alimentos que comemos, para que construyan las casas en las que vivimos, etc., etc. En cambio, para alcanzar el bienestar emocional, no solo no necesitamos a nadie, sino que la soledad se hace imprescindible.

Con esto me refiero a que únicamente cada uno de nosotros en un estado de recogimiento y soledad puede despertar su amor por la vida, comprometerse a vivirla con pasión, implicarse en el momento presente, apreciar la existencia, no quejarse de nimiedades, disfrutar intensamente de las pequeñas cosas y ser consciente de que en su interior ya tiene todo para ser feliz.  ¿Cómo podría alguien hacer todo esto por nosotros?

No hay por qué tenerle miedo a la soledad, sino todo lo contrario, abrazarla nos permitirá además de descansar el cuerpo y la mente, desarrollar nuestra creatividad. Pero lo más importante es que si le damos la bienvenida aflorará en nosotros el estado natural del ser humano, que no es otro que el de tranquilidad, serenidad y armonía.

Paradójicamente, en ese estado de sosiego el sentimiento de soledad desaparece. Es posible que de manera puntual echemos de menos a alguien en concreto, pero no nos deprimiremos porque esa persona no esté a nuestro lado, ya que sabemos que la plenitud procede de nuestro interior y que, por tanto, no nos la podrá proporcionar ni la mejor de las compañías. Esto no significa que despreciemos lo que los demás pueden ofrecernos: afecto, apoyo, complicidad, colaboración, amistad…, sino simplemente que no lo necesitamos para ser felices.

Si, por el contrario, percibimos la soledad como algo terrible de lo que es preciso escapar, perseguiremos desesperadamente la compañía de otros para mitigar nuestra sensación de soledad y vacío, sin embargo, esto no solo no nos aportará la plenitud que buscamos, sino que nos alejará de ella, porque cada vez estaremos más ansiosos, insatisfechos, vacíos, con miedo a ser abandonados y con la sensación de no ser suficientemente queridos y valorados por los demás.

Es innegable lo reconfortante que resulta estar rodeados de una estupenda familia y de unos buenos amigos con los que compartir nuestro tiempo de ocio, nuestras penas, nuestra alegrías…,  pero por muy maravillosos que sean, nunca conseguirán hacernos felices si no lo somos ya. Cada uno debe asumir la responsabilidad de sentirse bien y no delegarla en los demás, porque no olvidemos que nadie tiene el poder de hacer feliz a nadie, por mucho empeño que ponga en ello.

Así pues, todos y cada uno de nosotros estamos solos en el camino hacia la paz interior, no puede ser de otra manera. Tal vez nos guíe un psicólogo o determinadas lecturas, o quizá lo recorramos junto a otras personas que también se encuentren en un proceso de crecimiento personal pero, en cualquier caso, es un viaje interior que nadie puede hacer por nosotros y que tiene su punto de partida en el estado de soledad.

Por tanto, veamos la soledad no como algo negativo que hay que intentar erradicar de nuestra vida a través del contacto con otras personas, sino como algo positivo y necesario que hay que trascender para alcanzar el más fascinante de todos los propósitos vitales: la paz interior.

UNA BONITA HISTORIA

UNA BONITA HISTORIA

Cuatro almas se iban a encarnar y Dios se reúne con ellas para preguntarles qué quieren para su próxima vida. Una de ellas se apresura y responde:

-Lo que yo quiero, Señor, es poder, mucho poder. Me gustaría ser una de las personas más poderosas del mundo.

Otra dice:

-Lo que a mí me gustaría es tener mucho dinero, muchas riquezas. Sí, ser enormemente rico.

Otra alma asegura:

-Yo quiero, Señor, poder recorrer todos los rincones de la tierra y conocer muchos países y sus gentes. Viajar constantemente y desplazarme hasta los confines de la tierra.

La cuarta alma se queda silenciosa y cuando Dios le pregunta si no quiere nada, le contesta:

-Lo que yo deseo, lo único, Señor, es tener una buena mente, una mente amiga. Si no me das una buena mente, ¿para qué me serviría todo lo demás?

¿PUEDE UN TRABAJO HACERNOS FELICES?

TrabajoHay quienes consideran su trabajo como una auténtica pérdida de tiempo, una pesada obligación a la que dedican muchas horas sin que realmente les aporte gran cosa. Se sienten poco valorados, aburridos y desmotivados, con la sensación de estar malgastando su vida. No es de extrañar que estas personas a menudo fantaseen con una ocupación más vocacional que les permita desarrollar sus talentos o con un trabajo mejor remunerado, con un horario a medida, sin tanta presión, sin jefes… ¿Quién no ha soñado alguna vez con poder convertir su pasión en su profesión o con mandar todo al garete y marcharse al campo a cultivar hortalizas?

No niego que si nos dedicamos a algo que nos apasiona nos sintamos más contentos y satisfechos, pero, ¿qué tiene que ver la satisfacción con la felicidad? No hay que olvidar que la felicidad radica en un diálogo interno racional y no en un trabajo fantástico, una pareja maravillosa o en una sustanciosa cuenta bancaria. Sin embargo, a menudo caemos en la trampa de creer que sufrimos a causa de las circunstancias externas (un trabajo tedioso, una pareja poco cariñosa, dificultades económicas, una salud delicada…) y que si éstas cambiasen seríamos felices.

Si, por ejemplo, estamos convencidos de que el trabajo es el culpable de nuestra infelicidad y decidimos cambiar de ocupación con la esperanza de sentirnos libres, plenos y realizados, es cuestión de tiempo que nos decepcionemos y comencemos a buscar desesperadamente otras fuentes de gratificación que nos proporcionen lo que no hemos podido encontrar en el nuevo trabajo.

Generalmente eludimos la responsabilidad de nuestro bienestar emocional y atribuimos el poder de hacernos felices a un trabajo “perfecto” (o a cualquier otra cosa). Pero, ¿puede un trabajo aportarnos serenidad o calma mental? ¿Puede protegernos de cualquier perturbación emocional y transformarnos en personas fuertes que no exageran negativamente las adversidades? ¿Puede hacer que nos sintamos en armonía con la existencia? ¿Puede contribuir a que apreciemos lo que poseemos y a no quejarnos por lo que nos falta? ¿Puede ayudarnos a disfrutar de cada instante, de cada cosa que tenemos entre manos, viviendo plenamente en el aquí y el ahora?…

Por muy ideal y gratificante que sea lo externo no tendrá nunca la capacidad de hacernos felices si no lo somos ya, puesto que la felicidad es un estado de paz interior que se consigue no necesitando lo que no es realmente necesario, valorando lo que se tiene y disfrutando de las pequeñas cosas. Con una mente sana estaremos bien en cualquier situación y, por supuesto, en cualquier trabajo; esto no quiere decir que no intentemos cambiar de ocupación en un momento dado, pero lo haremos únicamente por el deseo de trabajar en algo que nos guste más y no por la necesidad de huir de aquello que creemos que nos tiene amargados.

Cambiar las circunstancias externas de nuestra vida no nos liberará de nuestro estado de infelicidad y tampoco nos conducirá al bienestar emocional, porque como muy acertadamente dijo el psicólogo Anthony de Mello“Si lo que buscas es la felicidad, ya puedes dejar de malgastar tus energías tratando de remediar tu calvicie, o de conseguir una figura atractiva, o de cambiar de casa, de trabajo, de comunidad, de forma de vivir o incluso de personalidad. ¿No te das cuenta de que podrías cambiar todo eso, tener la mejor de las apariencias, la más encantadora personalidad, vivir en el lugar más hermoso del mundo… y, a pesar de ello, seguir siendo infeliz?”.

“SE PUEDE APRENDER A CAMBIAR”

CARTA

A continuación os dejo el mensaje que una paciente, ya casi ex paciente, se ha ofrecido muy generosamente a compartir: todos podemos, a cualquier edad, dar un giro radical a nuestra forma de pensar y convertirnos en personas emocionalmente más fuertes y felices.

Transformarse es posible, es real.

También es real que la primera en dudarlo es nuestra mente que pondrá todas las resistencias al cambio.

Nos puede sonar mal. Mover nuestros propios cimientos, nos da miedo remover, replantear discutirnos. Creemos que son nuestras bases y principios, como hemos pensado siempre, de toda la vida. Es nuestro carácter, también lo que nos han enseñado.

Pero la mayoría son convencionalismos, son creencias muy arraigadas necesidades que nos hemos inventado, pero lo que es más importante: nos lo creemos hasta el fondo y las defendemos; aunque nos sintamos unos desgraciados, inferiores, perdidos aunque estemos muy mal nos cuesta creer que podemos cambiar.

Soy una mujer madura, pasados un poco los 50 y en éstos últimos años he arrastrado una depresión importante, donde campaba toda la debilidad el temor a estar sola y muchos miedos. Porque cuando terribilizamos el miedo se amplifica invasivo.

Tuve que tocar fondo para reaccionar. Nos pasa mucho a los humanos ¡Menos mal que no esperé a estar enferma grave o a un accidente! -también pasa a los humanos- para lanzarme a decirme: No puedo seguir ahogada. Mi vida consistía “…en intentar salir a flote, hundirme, sacar la cabeza un instante para tomar aire, tragar  mucha agua salada y seguir una lucha sin fín…” Mi salud mental se convirtió entonces en una prioridad en todos los sentidos ¿Había algo más importante, algo más que yo misma? ¿Acaso lo hay?

La Terapia Cognitiva tiene muchas cosas que me gustan pero una de ellas es que el cambio sólo puedes hacerlo tú misma; con un método con honestidad y mucho trabajo, y después perseverar. He necesitado casi un año intenso de trabajo interior para curarme de la depresión, de la dependencia emocional. Ahora es mi forma de pensar por tanto de vivir. Yo me demostré a mí misma que No necesitaba a nadie, para ser feliz. Así de fácil, algo aparentemente tan tonto, tan elemental, tan evidente pero tan esencial. Pues a mí me pasaba, hasta el punto de no saber ni quién era.

Trabajados los miedos, las terribilizaciones, trabajadas las creencias fantasiosas sobre tu pasado y futuro -porque nuestra mente es una fábrica de mitificar- bueno, pues cuando desmontas todos los escenarios creados, cuando trabajas uno a uno los miedos (porque Necesito-Exijo-Me exijo-No soporto son la misma cosa, yo me lo he demostrado) es cuando, simplemente pierden toda su fuerza, algunas dejan de ser trágicas otras pierden todo su dramatismo, otras muchas muestran con humildad tu grandeza como ser humano, tan igual, tan “normalito” como tu jefe.

Sientes una gran liberación.

Después aprendes a colocar las cosas en su sitio. Primero obligándote un poquito, después sale todo casi intuitivo de forma natural y todo adquiere sensatez una lógica racional. Aprendemos a utilizar la mente a nuestro favor, es nuestra herramienta para reprogramarnos. Y se puede aprender, aunque tengas mucha parte de tu vida hecha. Da igual.

Pero éste es un trabajo único, individual, por otro lado el más fiable y verosímil que puede haber. Con las herramientas de trabajo de la Terapia Cognitiva y a veces como yo con la ayuda inestimable de una psicóloga/o, pero nadie puede hacerlo por nosotros. No existe el comprimido del Cambio Interior o la pastilla de la Fortaleza Emocional. Porque además a los humanos nos pasa, que si la forma es compleja nos decimos ¡Uy es demasiado difícil! Y si es simple nos diremos ¡Ah demasiado fácil para ser verdad!

Con éstas palabras no hay ninguna pretensión de acercarse a ser modelo de nada, claro que no. Pero yo ya no soy aquella persona y lo digo con cariño para aquella chica atormentada, confusa y majeta que era.

Ahora he aprendido a reconocer muy bien las superexigencias los apegos, a discernir las ficciones a distinguir las necesidades exageradas que tan confundidos nos tienen y tanto nos hacen sufrir. Ahora ya no es una terapia es mi nueva forma de ver la vida digamos una filosofía. Ahora puedo decir que soy una persona feliz. Siento que voy liviana con ligereza porque he soltado muchas amarras. He aprendido a evaluar las adversidades más en su justa medida. Sé dónde se alberga mi valía, mi valor. Siento que amo mi vida con serenidad con comprensión. Contemplo la vida y el mundo con los sentidos.

Ahora soy consciente de algo tan evidente también como entender que estamos aquí para disfrutar, para sentirnos en paz, para gustarnos un montón. La certeza que todo pasa por aceptarnos sin condiciones, también a los demás que son como nosotros.

Este camino no ha hecho más que empezar, ahí están las herramientas de trabajo de la Terapia Cognitiva, las lecturas de los tres libros de Rafael Santandreu – Con cariño, mi estrella polar – las reflexiones del maravilloso A. de Mello, la sabiduría de E. Tolle y mi querida Pilar que me avisa con su gracia de las recaídas que como dice Rafael “… Son períodos de vuelta a la depresión a la ansiedad o a la obsesión.. forman parte del proceso, son los trompicones y caídas de un niño que aprende a caminar… En el momento de la crisis, la caída se vive como un traspiés intolerable. A menudo como un fracaso total, pero si perseveramos… volveremos a estar bien y el aprendizaje seguirá progresando y consolidándose”.

A Rafael y a Pilar

¡DESPIERTA A LA VIDA!

¡DESPIERTA A LA VIDA!

Los que practicamos la psicología cognitiva solemos decir que el propósito de esta terapia es conseguir ver la vida con los mismos ojos que la perciben muchas de las personas que han superado una grave enfermedad o que han sobrevivido a un accidente, pero sin tener que pasar por ninguna de esas situaciones.

Yo soy partidaria de aprender de todo lo que nos pasa en la vida, sobre todo de las adversidades. Son muchas las personas que han sufrido una enfermedad grave o un desafortunado accidente y que han aprovechado esa circunstancia para crecer emocionalmente. ¿Cómo lo hacen? Cambiando su escala de valores, apreciando lo que tienen, no quejándose por lo que han perdido y disfrutando del presente.

Veamos con un poco más de detalle algunas de las muchas enseñanzas que podemos extraer de este tipo de experiencias:

-La primero que aprendes cuando te sucede algo así es a ser humilde. Tomas consciencia de tu fragilidad como ser humano, de lo insignificante que eres y de lo poco importantes que son las cosas que haces. Mañana podrías estar muerto y todo seguiría su curso: tus seres queridos sentirían una profunda tristeza durante algún tiempo y te echarían de menos pero seguirían con sus vidas, otra persona desempeñaría tu trabajo, el sol saldría y se pondría cada día, la tierra continuaría girando alrededor del sol, se sucederían las estaciones, los años, la vida…

-Despiertas de la fantasía de inmortalidad en la que vives, sabes que todos nos tenemos que morir, pero no te lo acabas de creer. Tienes la sensación de que morir es algo que les pasa a los demás, pero no a ti. Al ver la muerte de cerca, te das cuenta de que tú también eres mortal y de que no tienes que estar muy enfermo o ser una persona de avanzada edad para que en cualquier momento puedas dejar de existir.

-Aceptas la incertidumbre como parte de la vida, hay muchas cosas que por mucho que lo intentes escapan a tu control y una de esas cosas es la muerte. Cuidando tu salud y siendo precavido tal vez consigas esquivar la enfermedad y los accidentes, pero no la muerte.

-Te cuestionas si preferirías que las personas significativas para ti te recordaran por ser alguien muy eficiente, trabajador, resolutivo, responsable, atractivo, exitoso, con mucho poder adquisitivo, con grandes capacidades, con vivencias extraordinarias…, o por tus actos de amor y tu alegría.

-Empiezas a apreciar la vida como lo más importante. Qué duda cabe que estar vivo es lo principal, un auténtico milagro, pero casi siempre lo damos por supuesto y, por tanto, no lo valoramos en absoluto. El resto de cosas materiales e inmateriales (hijos, pareja, éxito, trabajo, dinero, salud, reconocimiento, justicia, respeto…) se sitúan en su lugar, es decir, por debajo del valor principal: LA VIDA.

-Dejas a un lado la queja porque sientes que no hay NADA de qué quejarse. Como decía el piloto de la Primera Guerra Mundial Eddie Rickenbacker tras haber sobrevivido a un duro naufragio: “La mayor lección que he aprendido gracias a esa experiencia es que si se tiene toda el agua fresca que quieres beber y toda la comida que quieres comer, jamás deberías quejarte de nada”.

-Comienzas a agradecer TODO: que estás vivo, que tus órganos funcionan, que respiras, que el sol ha salido esta mañana, que puedes contemplar las estrellas, que tienes gente que te quiere, agua potable para beber, comida todos los días, un trabajo (aunque no te guste demasiado), un techo bajo el que cobijarte, una cama donde dormir…

-No solo sientes gratitud por todo, sino que también lo disfrutas intensamente. Cada cosa que posees, cada cosa que haces, cada nuevo día, cada momento que pasas con las personas que forman parte de tu vida,…, todo lo percibes como una hermosa oportunidad de disfrute.

-Deseas vivir despierto, consciente, inmerso en el momento presente, en el aquí y el ahora porque sabes que el pasado y el futuro solo existen en tu mente, el único momento real es el presente. Dejas de lamentarte por lo que ya ocurrió y de preocuparte por lo que quizá sucederá, ya que nada puedes hacer para cambiar el pasado y solo podrás ocuparte del futuro cuando llegue.

-Exprimes al máximo tu existencia, pero no persiguiendo compulsivamente “más” de todo: más experiencias, más amistades, más viajes, más dinero, un trabajo más interesante…, sino buscando calidad, intensidad y profundidad en cada momento, en cualquier momento. Esto supone vivir con la misma pasión saltar en paracaídas que permanecer durante horas en el sofá mirando el techo.

-Te planteas: “Si ahora mismo muriera, ¿lamentaría no haber sido más eficiente y productivo en mi trabajo, no haber trabajado más horas, no haber tenido una vida lo bastante interesante, no haber logrado suficiente reconocimiento, no haber ganado más dinero, no haber viajado más, no haber tenido más experiencias…? Sin duda, la respuesta es “NO”.

-Sientes haber vivido tantos años sepultado bajo montones de absurdas exigencias o “deberías” que te llenan de sufrimiento y te alejan de la felicidad. Exigencias hacia ti mismo (debería ser más eficiente, buena persona, excelente profesional, estar en forma, tener muchos amigos, hijos, pareja, dinero, demostrar que valgo mucho…), hacia los demás (la gente debería tratarme con consideración y respeto, porque yo los trato así) y hacia el mundo (la vida debería ser fácil).

Sería deseable que, sin necesidad de vivir un suceso grave, despertáramos y fuéramos capaces de apagar el interruptor mental de la queja y activar el del agradecimiento y disfrute. Ojalá no nos pase como al protagonista de “La muerte de Ivan Ilich” de Tolstoi,  el cual tras una vida repleta de éxitos profesionales y de haber cumplido con todo lo que la sociedad esperaba de él, dijo en el lecho de muerte sumido en un profundo vacío:  “¿Y si toda mi vida hubiera estado equivocado?”

EL PLACER DE HACER NADA

 

IL DOLCE FAR NIENTE

La siguiente conversación, con amigos o conocidos, se ha repetido unas cuantas veces desde que terminó la Semana Santa:

-Hola Pilar, ¿qué tal? ¿Qué has hecho estos días?

 –Nada.

 -¿Nada? Hombre, algo habrás hecho, ¿no?

 -Bueno, sí, algo he hecho: descansar.

En todas las ocasiones he acabado contestando: “descansar” porque de esta manera el que pregunta se queda más tranquilo y deja de insistir, ya que imagina que para desconectar de la rutina he hecho cosas como pasear, salir a tomar algo, leer, ir de excursión, ver una película, visitar una exposición… Sin embargo, aunque estos días festivos he descansado, la mayor parte del tiempo no he hecho nada de eso.

Y es que en nuestra sociedad no hacer nada o, lo que es lo mismo, hacer nada, tiene mala prensa, el aburrimiento y la inactividad son vistos como algo muy negativo, de hecho, algunos padres, a modo de castigo, aíslan a sus hijos pequeños durante cierto tiempo en una habitación sin juguetes y sin ningún tipo de estímulo. De este modo, están transmitiendo a los niños que estar tranquilo y sin hacer nada es malo, en lugar de hacerles ver que aburrirse es placentero y una estupenda oportunidad para desarrollar su creatividad y su imaginación.

Cuando yo afirmo que no he hecho nada durante la Semana Santa, me refiero a que he dedicado la mayor parte de mi tiempo a estar tranquila, en calma, en definitiva, a aquietar la mente. Me he sumergido de lleno en el momento presente, en el aquí y el ahora, con el propósito de tomar más consciencia de todo: de mi propia existencia, de mi cuerpo, de mis pensamientos, de mis sensaciones, de mis emociones, de mis actos y de todo cuanto me rodea, ya sean cosas inertes o seres vivos.

Es un ejercicio que me gusta hacer porque me permite conectar con mi “auténtico yo”, ese que nada tiene que ver con logros ni con cualidades físicas o intelectuales, ni tampoco con creencias o sentimientos, ese “yo” que comparto con el resto de los mortales, que me une a ellos y que nos hace a todos iguales y valiosos. Tomar contacto con mi esencia hace que aprenda a quererme a mí misma sin condiciones, simplemente por el hecho de estar viva y de ser un ser humano.

Esta práctica introspectiva no solo favorece el autoconocimiento y el amor incondicional por nosotros mismos y por los demás, sino que también ayuda a relajar el cuerpo y a apaciguar la mente, estimula la creatividad y contribuye a la planificación de futuros proyectos.

Por desgracia, hoy en día estamos muy conectados con el exterior, pero estamos muy poco o nada conectados con nuestro interior. La vida tan ajetreada que llevamos nos distrae de lo verdaderamente importante, por eso conviene buscar momentos de soledad, silencio e inactividad, porque solo en esas condiciones es posible encontrar el bienestar interior, por cierto, mucho más placentero que cualquier distracción externa.

Yo os animo a que experimentéis el placer de hacer nada. Aunque he de deciros que si sois de los que siempre estáis buscando cosas que hacer para estar entretenidos, al principio permanecer desocupados os resultará algo desagradable, ya que os enfrentaréis a una molesta sensación de vacío y a la impresión de que estáis perdiendo el tiempo. Sin embargo, si permanecéis en esa situación, poco a poco, la incomodidad desaparecerá y surgirá el inmenso placer de descubrir vuestra propia naturaleza y de conectar con ella.